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NOVELA “LA FAMILIA DE GIUSEPPINA” ÚLTIMO CAPÍTULO

Yo soy feliz, dijo. Naturalmente, se trataba de un necio.

 Proverbio persa (Proverbia.net)

Capítulo 22: Reflexiones de Giuseppina

Mirando en retrospectiva, la historia de mi familia ha sido de gran inspiración y ha determinado mi vida crucialmente. Nunca he considerado que han sido seres humanos especiales ni mucho menos, simplemente se trataba de una familia tradicional, con sus mandatos culturales y la pelea constante del ser en busca de la felicidad. O no es eso acaso lo que venimos a buscar al dar la primera inspiración en este mundo? Desde que somos muy pequeños somos atraídos por la necesidad de estar bien, buscamos el placer y el bienestar casi instintivamente y huímos del dolor en forma desesperada con cualquier estrategia o por cualquier medio, siempre tratando de regresar, tal vez, a ese calor primigenio del que venimos, o por lo menos, a reexperimentarlo. 

Al mirar atrás me pregunto: acaso alguien podría juzgar a alguno de los personajes de estas historias debido a cada uno de sus actos o decisiones? Alguien podría levantar el dedo acusador o, citando la Sagrada Escritura, tirar la primera piedra? No guardamos todos a María Magdalena dentro nuestro, muy profundo, en nuestro lado obscuro, tal vez tan escondido que no podemos verlo? Somos todos capaces de mantenernos incólumnes ante las frustraciones de la vida sin cometer ningún error? Podríamos asegurar que no hemos cometidos yerros de los cuales podríamos arrepentirnos a menos que podamos procesarlos y tomarlos como valiosos aprendizajes? 

Qué es, después de todo, vivir? No es acaso aprender? Desde el primer momento al último de estadía en esta existencia, no se vive aprendiendo a conciencia o a los tumbos? Y luego de morir? Y antes de nacer? Quién sabe… ya aquel poeta español dejaba esos cuestionamientos… vuelve el polvo al polvo? Vuela el alma al cielo?…     

Las historias de mi familia nos enseñan que la vida eterna existe, existe a través del legado o la descendencia maravillosa que dejamos atrás en este paso por la tierra. Algunos dejan hermosos hijos, otros, obras de bien y otros gratos recuerdos. ¿No es esa la verdadera riqueza del ser humano?…  Giuseppina Mangiaterra.

Año 2011, los bisnietos de los protagonistas de esta historia corretean por el jardín de su ancianita tía abuela Giuseppina. Cuando tengan edad para comprenderlo, descubrirán un pasado familiar lleno de historias de desencuentros, lágrimas y decepciones, pero también de sorpresas, momentos de gran felicidad y por sobre todo, de amores que trascendieron a la muerte…

Fin…

NOVELA “LA FAMILIA DE GIUSEPPINA” CAPÍTULO 21

El final del nacimiento es la muerte; y el final de la muerte es el nacimiento.

Bhagavad-Gita (Proverbia.net)

ANTEÚLTIMO CAPÍTULO

Capítulo 21: El final de nuestros días

Pasaron los días, los meses. La casa donde supieron vivir Lorenzo y Emiliana fue alquilada por una nueva familia. Emiliana se mudó al centro con Bernardo, le costaba acostumbrarse a la idea de vivir en un departamento, pero como amaba tanto a ese hombre, restaba importancia a las cosas materiales, todo se le asemejaba frívolo. Ella estaba realmente enamorada por primera vez en su vida, pero un sentimiento exasperante de culpa arruinaría su felicidad. No había día que aunque sea por un instante no pensara en que todo lo que sucedió estaba mal. Cuestionamientos azotaban su conciencia, los mandatos de su crianza se presentaban cual demonios torturadores cada día. Trataba de evitarlos, se justificaba, se inventaba explicaciones y excusas a sí misma, pero nada funcionaba en forma definitiva. Todo actuaba como un placebo que duraba apenas 24 horas para retornar al día siguiente la catarata de imágenes del pasado cargadas de culpas atormentadoras con mucho más fuerza.  

Por el lado de su descendencia, Annunziatta y Cinzia, sus hijas mayores, estaban casadas hacía varios años, tenían hermosos hijos y gozaban de matrimonios estables. Nunca se mudaron del Barrio de Barracas, allí vivieron hasta el final de sus días. 

En cambio, Domenica Agustina no había podido formalizar su relación con Santos. Tras la muerte de Lorenzo el chico había quedado muy turbado y se instaló en un departamento en el Centro pero con la idea de, tarde o temprano, regresar a España. Argentina no le había entregado nada grato, solo dolor y pérdidas. Además, el malestar que aquejaba su corazón hizo que vea las cosas con más frialdad, había perdido la inocencia y ya no confiaba en nadie. Por momentos deseaba a Domenica Agustina, pero luego su mente se llenaba de sentimientos perturbadores que empañaban toda posibilidad de amar a la chica sanamente.

Domenica Agustina, muy por el contrario de lo que su madre esperaba, no se hundió en la depresión por los trágicos sucesos, y decidió que miraría hacia adelante para poder remendar algo de todo lo que sentía que había hecho con sus actitudes irreverentes. Continuó con sus estudios artísticos proponiéndose ser la mejor, así encauzando el dolor que sentía a través de un canal útil y fructífero. En sus palabras, “ya había demasiado dolor y culpas por doquier, era momento de un cambio”. Bernardo, siempre empático y cariñoso, le asignaba nuevos profesores para que crezca en la materia y se libere de los entuertos en los que había sido atrapada sin querer. 

La adolescente Giuseppina se paseaba por el departamento cual fantasma. Luego del colegio, realizaba sus tareas prontamente para poder dedicarse a su pasatiempo predilecto, escribir.

Emiliana sentía que en cierto modo, todo se acomodaba salvo su conciencia, y como todo no puede marchar sobre rieles en la vida, un buen día colapsó y le dijo lo que sentía a Bernardo. 

Pobre Bernardo, abatido pensaba por qué no podía ser feliz al lado de una mujer como cualquier hombre. Es que siempre elegía mal? Emiliana parecía una mujer estable, sencilla, de esas que no abandonan a sus esposos, entregadas a su familia y al bienestar de sus seres queridos. Pero, reflexionando, era una falacia, estaba equivocado. Emiliana ya había dejado a un esposo, ya había sido infiel… simplemente – pensaba- no hay personas que hacen “esto o lo otro”, o “son así”, solo hay circunstancias en las que el humano toma decisiones. Emiliana tal vez jamás hubiese permitido que Lorenzo la deje, o bien, jamás hubiese dejado a su esposo para huir conmigo si los acontecimientos no se hubieren sucedido de la forma en que fueron, y mucho menos si yo no hubiese tenido nada seguro que ofrecerle. Es verdad que muchas mujeres permanecen toda la vida al lado de un hombre realmente porque no tienen a donde ir, y no porque sean esposas mártires que den su vida ante la causa familiar. Finalmente – pensaba – es culpa mía. Yo las elijo. Elijo estar con ellas, criar a sus hijos, ser permisivo, más de lo debido… en fin, la vida no me ha dado hijos legítimos, tal vez por ello actúo y elijo de esta manera, no sé.

Lo que había desatado esta catarata de reflexiones fueron las confesiones de su amada Emiliana, clavándole una estaca al corazón del sufriente Bernardo. 

-Bernardo, siéntate, debemos hablar- sentenció Emiliana con tono severo y angustiado. 

Bernardo preocupado, se sentó en la mesa de la cocina, frente a ella, tomó sus manos y en tono cálido, casi trágico dijo:

-Qué pasa mi amor?-

-Querido, sabes, yo te amo. Eso es algo que no se borrará nunca, mis sentimientos hacia ti son los mismos. Pero…

-Siempre hay un pero… sí… – exclamó Bernardo resignado bajando la mirada y retirando sus manos de las manos de su amada.

-Bernardo por favor, escúchame… yo te amo, pero vivo atormentada por mi conciencia. Toda mi vida hice lo que debía, fui criada así. Hasta aquí, en Argentina, a miles de kilómetros de distancia, seguía tomando los mandatos de mi madre a través de las largas cartas en las que me recordaba mis deberes de mujer y esposa. Hoy, ya no están ni mi madre, ni mi padre, Lorenzo o ni siquiera mis hermanos varones con los que he perdido el contacto, pero los dictados están en mí, muy profundamente arraigados y siento la necesidad, imperiosa, de lavar todo aquello que me aqueja…

-Entonces?…- preguntó intrigado Bernardo.

-Entonces… hablé con el Padre Lombardo del Sagrado Corazón de Barracas… 

-Sí… y?…-

-Me ofreció permanecer en un convento en la provincia de Córdoba, a cambio de que ayude en los quehaceres a las monjas que viven allí… son… tareas de caridad… y… es como un retiro espiritual…

-Pero, es por un tiempo? No?… Emiliana… puedo esperarte…-

-Bernardo, querido, qué bueno eres… pero… el Padre Lombardo confía en que me Ordene… – hizo así su confesión Emiliana, pensando que si entregaba su vida a Dios podría revertir todo un pasado que ella consideraba pecaminoso y repleto de errores.

-Emiliana… yo… estás segura? Y tus hijas? Las abandonarás?- Bernardo trataba así de apelar a la cordura de su amante, no podía creer lo que estaba escuchando.

-Las niñas estarán bien. Domenica Agustina y Giuseppina ya lo saben, se los he dicho. Ellas ya son dos señoritas y decidieron que vivirán en Barracas nuevamente, con Vittoria, en esa casa hay lugar de sobra y cuentan con el dinero del alquiler de nuestra antigua propiedad.   

Bernardo no podía creer lo que estaba escuchando, sería siempre el último en enterarse de todo?

Por su parte, Elisabetta, aquejada por el dolor de la pérdida de Lorenzo y la soledad repentina a la que no estaba acostumbrada, decidió radicarse en Méjico, país donde tenía cuantiosas amistades, especialmente en el arte, donde se sentía como pez en el agua. Así, pudo palear levemente su angustia. Su hijo Santos no la acompañó, pero, prometió visitarla al menos dos veces al año.

Bernardo continuó al frente de la Mutualidad y pudo comenzar negocios de compra y venta de cuadros y antigüedades, lo que permitía tener un buen pasar económico. En su generosa forma de ser, Bernardo fue un gran padrastro para Giuseppina, que había quedado huérfana de padre siendo tan joven. Bernardo, como los hechos lo demostraban, estaba destinado a criar hijos ajenos. El, pensaba que nada era coincidencia, que por algo la vida había dejado en sus manos, primero a Santos y luego a Giuseppina, aunque de distinta madre, teniendo ambos el mismo padre natural.  

Santos, de la mano de su padrastro, se inició en el mismo negocio, el de la compra y venta de cuadros y similar, y dos años después de la muerte de Lorenzo, seguía radicado en Argentina. 

Domenica, amante de la pintura, se dedicó de lleno al arte, pudiendo exponer sus cuadros en Argentina de la mano de Bernardo y, gracias a Elisabetta, en Méjico. 

Con el correr de los años, Santos y Agustina, ya pasados los treinta años y sin relaciones estables, tuvieron un acercamiento y permanecieron juntos desde ese momento, aunque sin los votos matrimoniales que dictaba la época. Tuvieron, sin embargo, dos hijos, un varón y una mujer. Al primero lo nombraron Lorenzo y a la niña, Elisabetta, en honor al amor que los padres de Santos nunca pudieron disfrutar en paz.

Emiliana vivió su vida como hermana de la caridad, y por fin, de una vez por todas, sintió paz en su alma.

Giuseppina, cursó estudios de literatura y filosofía. Se convirtió en una prominente escritora, trascendió las fronteras con sus obras literarias, siendo su estilo predilecto, por supuesto, la narrativa melodramática. Su personalidad burbujeante y a la vez cavilosa, por momentos, muy introspectiva, plasmada en cada una de sus obras, ejercía una atracción particular en sus lectores, entre los que se encontraba Elisabetta. Esta, ya entrada en años, pasaba tardes enteras deleitándose con la lectura de los libros de Giuseppina, tanto, que como su mayor admiradora, la invitó a radicarse en su casa de Méjico. Las personalidades de ambas se complementaban, se entendían, por lo que el destino las unió cual madre e hija. Giuseppina pasó su vida escribiendo y viajando, presentando sus obras por diferentes lugares, conociendo y observando culturas, material fundamental para sus historias. Nunca se casó. Cuando juntó dinero, adquirió una hermosa casa en Baja California y la llenó de mascotas.      

Ya adultos mayores, los descendientes de Emiliana, Lorenzo y Elisabetta, se encargaron de la difícil decisión del destino final de sus padres. Al morir Elisabetta, sus restos fueron cremados, los de Lorenzo fueron recuperados y luego de su cremación, fueron unidas sus cenizas a las de Elisabetta y, así, juntas, fueron esparcidas al viento en el barrio de La Boca desde el viejo balcón de la que alguna vez supo ser la pensión de Doña Rosa. Annunziatta y Cinzia, profundamente conmovidas, con los ojos colmados de lágrimas, y Santos y Agustina, a un costado, abrazados, realizaron este último deseo. Era un hermoso día soleado de primavera y las cenizas de Lorenzo y Elisabetta destellaban pequeños brillos con el reflejo de los rayos del sol.

Por su parte, por pedido de Bernardo, a su fallecimiento, su ataúd fue depositado en el cementerio de La Recoleta, por el que tenía predilección por su historia y su belleza artística. La última en dejar su existencia fue Emiliana uniéndose a Bernardo en la misma bóveda, donde descansaron juntos… 

NOVELA “LA FAMILIA DE GIUSEPPINA” CAPÍTULO 20

Duda que sean fuego las estrellas, duda que el sol se mueva, duda que la verdad sea mentira, pero no dudes jamás de que te amo.

William Shakespeare (Proverbia.net)

Capítulo 20:   Desenlace inesperado

 

 

Agustina Domenica tomó un taxi al final de la tarde hacia el hotel donde se encontraba alojado Santos. A pesar de la conversación que había mantenido con su hijo y con Agustina, ese día Elisabetta había estado tratando de persuadir sutilmente a Santos de que sólo pruebe “noviar” con Agustina hasta estar completamente seguro de sus sentimientos. Santos tenía un prometedor futuro, era muy joven y su madre tenía los miedos lógicos al ver a su hijo tomando decisiones apresuradas, desesperadas. Santos se enojó varias veces durante la conversación y hasta la amenazó con fugarse sin dejar rastro. No era solo el tema de Agustina, el chico se sentía defraudado por todos sus mayores. Le habían mentido toda la vida, todo lo que él pensaba, todo lo que le hicieron creer, ya nada tenía sustento. Debía rearmar su marco de referencia mental. Se encontraba perdido, pero lo más grave, era el cúmulo de decepciones que tuvo que enfrentar en apenas dos días.

Por un momento dudó si se quería ir con Agustina, o si lo que le sucedía era que quería escapar de la realidad por la que pasaba. Reflexionando al respecto, un golpe en la puerta lo sacó de su introspección:

– ¿Quién es? – 

– Soy yo… Agustina… –

Santos no la esperaba, mucho menos a esa hora. Se levantó del sillón en el que estaba recostado y abrió:

– Ah, hola, ¿qué ocurre? – preguntó con apatía.

– ¿Qué ocurre? ¿Cómo? ¿Qué me preguntas? – se indignó Agustina – ¡Pongo en juego todo lo que tengo por ti y me recibes así! –

– Momento, espera, no entiendo qué sucede –

– Perdón, sucede que debí escapar de casa, mi padre no entró en razón y me encerró – explicó Agustina someramente desde la puerta ya que Santos aún no la había hecho pasar.

– Pasa… – Santos le indicó la silla con la mano para que ella se siente.

– ¿Y ahora que piensas hacer? – preguntó Santos.

– Esperaba que eso me lo contestes tu… – dijo desilusionada Agustina.

– Agustina, yo… no sé… estuve pensando… mi madre tal vez tenga razón… yo te amo, pero tu padre es también mi padre, y me he enterado de todo hace solo horas… todo esto es demasiado para mi – explicó dubitativo Santos.

Agustina se levantó embravecida y desapareció en un abrir y cerrar de ojos. Santos quiso detenerla pero no pudo. Salió corriendo y llorando del hotel. Se sentía tonta y crédula. Santos se había dejado convencer por Elisabetta, en cambio, ella, había enfrentado a su padre. Caminó unos pasos, no tenía dinero para tomar otro taxi, además, se preguntaba a dónde iría. Estaba cayendo la noche, debía tomar una decisión. Paró un taxi y se aventuró a dirigirse a la casa de su tía Vittoria, ella le pagaría el viaje y además la comprendería, sabía por lo que ella estaba pasando.

Ya en la puerta de la casa de Vittoria, Agustina bajó del taxi y todo se dio como lo había supuesto. Desde en frente, a media cuadra, su madre, Emiliana, miraba la escena. Emiliana estaba desesperada por la desaparición repentina de su hija y se encontraba en la puerta de su casa pensando a dónde podría ir a buscarla. Para suerte de Emiliana, no tuvo que hacer nada y, su hija, ya estaba en buenas manos.

Agustina habló largo y tendido con su tía Vittoria, que le explicó sobre los miedos e inseguridades de los hombres. Le dijo que en esos casos como el suyo, las mujeres tienden a ser más decididas, más bravas. La tranquilizó explicándole que Santos debería estar muy confundido y, de seguro, su madre tendría mucho que ver en todo eso. La instó a que pase la noche en su casa y le prometió que ella la ayudaría a resolver todo este asunto.

Mientras tanto, Santos, en su soledad, caía lentamente en la cuenta de los sucesos, y terminó por sentirse pésimo al pensar en lo que había pasado con Agustina. El, en su interior, sabía bien lo que sentía por ella, pero dejó que su madre lo convenza con miedos que no le eran propios. Pronto se envalentonó, quitó los fantasmas de su mente y fue en busca de su novia. Tomó un taxi hasta el departamento de su madre y la increpó. Su madre le dijo que no sabía la dirección de Lorenzo y que en eso no podría ayudarlo. Pronto, pensó en Bernardo, pero una vez ya con él, su padrastro le dijo que tampoco sabía la dirección de Emiliana. Debía esperar hasta el día siguiente e ir hasta la Mutualidad a revisar los datos de inscripción de Agustina. Santos le dijo que no tenía tanto tiempo, que temía que las cosas se le vayan de las manos. Bernardo lo tranquilizó y, al igual que Vittoria con su sobrina, él le prometió a Santos ayuda incondicional.

Al día siguiente, Emiliana despertó un poco más tarde de lo de costumbre, estiró el brazo, sintió la ausencia de Lorenzo y entendió que había partido en la noche. Se levantó de la cama, dio unos pasos, se vistió y, luego, camino al baño, miró, aguzó la vista inclinando la cabeza y su torso hacia un costado, y vio a Lorenzo, estaba desvanecido en el piso. Llamó a los gritos a su hija Giuseppina, que se levantó de un salto, y aún en pijamas, corrió en busca de ayuda recordando el dolor de pecho que había manifestado su padre la tarde del día anterior. Emiliana se arrodilló a su lado y cuando lo tomó del hombro para girar su cuerpo hacia a arriba, sintió el espanto de quien enfrenta el horror, Lorenzo estaba muerto. Su cuerpo estaba rígido, tieso, sus manos, endurecidas, habían quedado debajo de su estómago y de su pecho, su rostro, apenas visible de costado, morado violáceo de manera escalofriante por la sangre acumulada de horas. Emiliana se levantó de un brinco, retrocedió unos pasos espantada tomándose la boca con ambas manos, y rompió en un llanto histérico entrando en crisis. Un minuto más tarde, entró corriendo Giusseppina, más atrás Vittoria y su marido. La escena era escalofriante. Emiliana simulaba una estatua, inmóvil contra la pared, como buscando protección, miraba con el rabillo del ojo el cadáver de su esposo y no paraba de llorar y balbucear palabras incompresibles. Lorenzo, en el suelo, con su rigidez post mortem, impresionó a sus hijas y a su yerno, que se abrazaron fuerte como si ello los salvaría del horror. 

El esposo de Vittoria, se desprendió de su mujer y su cuñada, y salió por ayuda. Mandó a unos vecinos a llamar a Annunziatta y a la policía, y volvió a la casa a sacar de allí a Emiliana y sus hijas. La mañana se hizo eterna, la policía, bomberos, los vecinos. La familia de Lorenzo se encontraba en casa de Vittoria, mientras sus dos yernos se ocupaban del asunto. Emiliana, sentada en la misma silla donde “la depositó” su yerno, absorta, miraba abstraída un punto fijo en la cocina de la casa de su hermana. Pensaba en su vida, en Lorenzo. Estaban a punto de vivir la oportunidad de ser felices, cada uno en su camino, pero, por un macabro mandato del destino, no les sería posible. Lorenzo había muerto, aunque había visto su cuerpo yacer en el piso frío de su casa, apenas si lo podía creer. 

Giuseppina se encontraba a un costado, como siempre, registrando todo en su cabecita, pero, esta vez, no la entusiasmaban los acontecimientos, su padre, no viviría para verla terminar de crecer. Annunziatta, Cinzia  y Vittoria bebían café demacradas por el llanto, apoyadas en la mesada, en silencio, tratando de pasar las horas, también incrédulas de la situación. Pero la que peor estaba era Domenica Agustina. Sentía una culpa grave, una sensación de amargura que sabía que viviría con ella de por vida. Su padre había muerto, no se podrían reconciliar, ya no había tiempo ni oportunidad, el desenlace se había mostrado de la peor manera. Reflexionaba acerca de la causa de la muerte de su padre, se preguntaba si la causa habría sido la angustiosa situación que ella le hizo vivir. Desde el sillón en que se encontraba en el vestíbulo solitario de la casa de su tía Vittoria, apenas levantó la vista, miró hacia la cocina y preguntó apesadumbrada:

– ¿Es mi culpa? – y rompió en llanto sin dejar de mirar a las mujeres de su familia.

– No, hija mía – salió Emiliana del trance – No es culpa de nadie, la vida se va presentando de diferentes maneras, y algunas son más agrias que otras. Tu padre ha tenido una vida sacrificada, ha trabajado desde muy pequeño, ha desgastado sin cesar su cuerpo, esa es la razón hija querida – explicó a su hija mintiéndose a si misma y a ella, porque en el fondo realmente sabía que su esposo había muerto por la angustia. Angustia de una vida de infelicidad, de mentiras, de dudas, de tormentos. Angustia, porque cuando tenía la oportunidad de estar junto a la mujer que amaba, la noticia de sus hijos, empañaba su situación de alegría. Lorenzo era un hombre atormentado y eso, a entender de Emiliana, le había acortado la vida. Joven, apenas pasados los 50 años, ese hombre teñido a la vez de valentía y cobardía, acorralado por las circunstancias, apabullado por el destino, ese hombre apuesto que había enamorado a una mujer rebelde, pero sin embargo, casado con una esposa sumisa, ese hombre polifacético por momentos, y simple por otros, ese hombre, había sucumbido ante la muerte. Dejaba atrás muchas personas, muchos recuerdos, muchas historias inconclusas.  

Esa tarde, apenas repuesta, Emiliana decidió visitar a Elisabetta, aunque le guardaba cierto rencor, la muerte había sabido echar un manto de piedad, y la esposa de Lorenzo, desde la verdad, la verdad que ya todos conocían, tomó las riendas de la situación, y supo que si había una persona que debía despedir a Lorenzo, esa, era Elisabetta, acompañada por su hijo, Santos. Salió a la calle, puso un pie en la vereda y escuchó:

– Emiliana… – una voz conocida.

Giró la cabeza hacia su costado y vio a Bernardo y a Santos, pálidos. Es que habían ido a la casa de Emiliana en busca de Agustina, y, los últimos vecinos que se habían quedado conversando sobre la tragedia en la vereda les dieron las nuevas.

-Ya lo sabemos, ven… – dijo Bernardo con su habitual tono cordial y comprensivo. Su voz fue un bálsamo para Emiliana que no dudó en echarse a sus brazos y llorar. 

Unos segundos después, miró a Santos:

– Lo lamento tanto… ojala hubieses tenido el tiempo para… – le decía Emiliana acongojada y en forma delicada por lo difícil de la situación, debía medir sus palabras.

– Emiliana… – lloró Santos, y la abrazó fuerte como si fuese su madre.

– Querido, cuánto lo siento, cuenta conmigo, por favor, cuenta conmigo… – Bernardo se unió al abrazo y se quedaron juntos por unos instantes.

Emiliana apenas se retiró y dijo:

– Debo decírselo a tu madre – 

– Sí… ella estará muy mal… gracias Emiliana – dijo Santos acongojado mirando al suelo.

– Bernardo, yo iba a ir a buscarte a la Mutualidad porque no conozco su dirección. ¿Puedes acompañarme? – 

– Si, querida, por supuesto –

– Santos, ven, tu quédate con mi familia, además, le harás mucha falta a Agustina y tú necesitas compañía también.

– Si, gracias… –

Entraron a la casa de Vittoria. Agustina corrió hacia él y se fundieron en un abrazo sin fin que conmovió a todos.

Vittoria les preparó otra ronda de café molido y comentaron los sucesos de los últimos días. Mientras tanto, Emiliana y Bernardo, viajaban en taxi hacia el departamento de Elisabetta. Una vez allí, golpearon la puerta:

– ¿Quién es? – 

– Soy yo Elisabetta – dijo Bernardo. Se abrió la puerta.

– Ho… hola… – tartamudeó Elisabetta extrañada ante la presencia de Emiliana.

Sin dejar pasar tiempo, Emiliana tomó rápidamente las manos de la confundida Elisabetta y la hizo sentar en un sillón próximo a la puerta, se agachó, y en cuclillas, sin soltar sus manos, le dijo:

-Elisabetta, querida… – y bajó la mirada.

-¡¿Qué le ocurrió a Lorenzo?! – intuyó desesperada Elisabetta ante el gesto grave de Bernardo y la actitud intrigantemente triste de Emiliana.

-Elisabetta, Lorenzo ayer por la noche… murió… causas naturales… – hablaba en forma entre cortada Emiliana.

-¡No! ¡no, no, no! ¿es que es un castigo por lo que he hecho en mi vida? ¿por qué? ¡Dime… dime…! – lloraba Elisabetta hablándole a Emiliana en forma de súplica mientras le apretaba las manos. 

-Elisabetta, querida, no te culpes, Dios lo ha querido así – intentaba consolarla Emiliana.

-¿Dios? No… sabes?… – habló con una sonrisa irónica en medio del llanto Elisabetta – Eso puede creerlo Santos o Agustina que son aún jóvenes, yo, a mi edad, sé que lo que nos pasa es puramente por responsabilidad propia, somos los resultados de nuestros actos, de nuestras decisiones. Mi vida es un error, un completo yerro, nada tiene que ver Dios en esto. – exclamaba Elisabetta.

-Deja de culparte Elisabetta, no tiene sentido… – suplicó Bernardo.

-No Bernardo, tú sabes muy bien qué clase de caminos he tomado y por qué estoy aquí hoy. Mi vida es un desastre, siempre he sido una egoísta y estas son las consecuencias. –

Emiliana se levantó lentamente, se arregló la pollera suavemente y dijo:

-Elisabetta, debes venir con nosotros, esta noche velaremos a Lorenzo –

-¿Estas segura de que puedo estar allí? Todos sabrán que… –

-No me importa ya lo que los demás piensen, debes despedir al hombre que te amó más allá del tiempo y de las circunstancias adversas. Lorenzo te amó más allá de todo… – ambas se emocionaron y se apretaron las manos mutuamente como en símbolo de comprensión.

Así, luego de arreglarse para el asunto, Elisabetta partió junto a la última persona de la que hubiese esperado ayuda alguna. En el viaje, mirando a la nada a través de la ventanilla del taxi, Elisabetta se hundía en cavilaciones:

 – La vida me ha mostrado que no podemos planear, que no debemos ocuparnos demasiado del futuro, que las preocupaciones son en vano, nada tiene una existencia real e importante más allá de nuestro presente, el pasado nos deja las enseñanzas, fichas que caen después de años cual hileras de dominó. El futuro es incierto en parte, y la parte en la que podemos ejercer alguna ínfima influencia viene dada por nuestro presente. ¿O acaso nuestras acciones presentes no son las que en parte determinan nuestro futuro? Pero, por otro lado, está eso en lo que no tenemos injerencia, eso, que, tal vez teniendo razón Emiliana, pertenezca al terreno de Dios, esa parte que no conocemos hasta que se nos presenta. Creo que, a veces, pensar tan pragmáticamente en los asuntos de la vida solo me lleva a la ignorancia, tal vez, Emiliana, tenga razón…

Bajaron en silencio del taxi, se adentraron en la casa de Vittoria:

– Chicas, ella es la madre de su hermano, Santos, ella es Elisabetta. – todos quedaron absortos ante la sinceridad de Emiliana. Elisabetta la miró pensando en lo valiente que era esa mujer enfrentando una situación extremadamente difícil.

Prosiguió:

– Este es un momento muy amargo para todos, pero las cartas están echadas, ésta es la realidad que nos ha tocado vivir. La muerte de Lorenzo, además del dolor por la pérdida, nos debe dejar una enseñanza acerca de la vida. Debemos aprender a enfrentar la realidad, aunque a veces, no nos traiga los eventos que esperamos. Lorenzo fue, en la mayor parte de su vida, un hombre infeliz, infeliz por no poder calmar su pena de amor. Elisabetta es la mujer que amó y por la que esperó siempre. Su corazón tenía lugar para sus cuatros hijas y para su verdadero amor. Aceptemos la realidad y unámonos como familia perdonando los errores que Lorenzo ha cometido, pensando que tal vez, hizo lo mejor que pudo…- y así Emiliana desplegó parte de lo que ella creía “la verdad” rellenando los huecos con la hipocrecía a la que solía apelar para sentirse a salvo.

– Gracias… – dijo Elisabetta mostrándose cohibidamente emocionada por las palabras de la mujer que por ella casi cae en desgracia, aunque su confundida mente en esos instantes pendulaba entre sentimientos de culpa, ira y descreimiento. 

– Mama, eres muy fuerte, todos estamos agradecidos – dijo Domenica Agustina mirándola con ternura y admiración. En esos momentos, las palabras de Emiliana fueron poesía a los oídos de la adolescente idealista.

Esa noche misma fueron velados los restos de Lorenzo en la casa de Emiliana. Se respiraba un aire enrarecido, diferente a lo usual en los velatorios comunes y corrientes.

Aquí había dos familias, dos historias paralelas, demasiadas mentiras y engaños que no hubo tiempo de aclarar. Miradas furtivas, comentarios por lo bajo. Vecinos como buitres ansiosos de carne podrida. Quién era esa mujer elegante que lloraba apenas de a ratos junto al féretro del difunto? Y el muchacho desconsolado? Por qué su legítima esposa viuda permitía esa desfachatez? Y el hombre alto junto a Emiliana con mirada de ángel de la guarda? Qué pasaba con sus cuatro hijas que permanecieron casi inmóviles todo el tiempo? Qué clase de situación mortuoria era esta que ni siquiera el cura del Sagrado Corazón de Barracas, (que siempre acompañaba al barrio), quiso acercarse a dar la Extremaunción. Nadie tenía muchas respuestas porque la verdad es que nadie se atrevió a preguntar. Las imágenes dantescas de un difunto con dos viudas y un tendal de hijos hablaban por sí solas.

Emiliana percibía la situación entre melancólica y extrañada. Parecía estar viviendo un sueño de imágenes difusas. Su esposo en el ataúd, Bernardo que no se movió ni un instante de su lado, sus hijas, yernos y sus pequeños nietos, y por otro lado, la familia paralela de Lorenzo: Santos y Elisabetta llorando abrazados.

Pensó por un momento en Santos. El pobre lloraba por segunda vez la muerte de su verdadero padre, pero esta vez, realmente lo había perdido para siempre. Luego se detuvo en Elisabetta y se preguntó qué sería de ella. Por un instante sintió algo de culpa por quitar a Bernardo de su lado. Luego reflexionó y comprendió que ella, de todas formas, lo hubiese apartado ante el dolor por la pérdida de su verdadero amor. 

Elisabetta estaba cohibida, cosa poco común en ella que jamás sintió la mirada ajena como una carga. Sentía dolor por la pérdida física de Lorenzo, aunque cavilaba si tal vez él con su desaparición había huído una vez más. Son escabrosos los designios del destino- pensó- y se sorprendió a sí misma hablando de una fuerza destinal a la que ella nunca puso esperanzas ni responsabilidades, es más, hacía un instante reflexionaba sobre la muerte de su amante como si él mismo inconscientemente hubiese elegido el camino de la desaparición física. Mientras tanto, perdida así en sus intrincados pensamientos, con la mirada fija en el rostro tieso de Lorenzo, acariciaba como una autómata a su hijo, quien se refugiaba en ella como su único reparo seguro. 

En un ángulo de la habitación, casi inmóviles estaban las cuatro hermanas, llorando por momentos con mohín de tristeza silenciosa. No hubo congojas, no daba lugar a eso. Domenica Agustina parecía la más afectada. Sentía culpa por los últimos momentos de la vida de su padre en los que ella fue una protagonista poco grata. Luego miraba de vez en cuando a Santos, y pensaba si realmente podrían estar juntos luego de este trágico final.

Santos jamás buscó la mirada de Domenica Agustina en todo el triste acontecimiento. El chico estaba pasando por una crisis existencial de identidad, culpas, miedo e inseguridad. De a ratos sentía un poco de resquemor por esa familia que su padre había formado. Sentimientos de rabia y envidia lo invadían como buscando culpables en quien descargar toda la furia e impotencia que sentía por no haber podido hablar con su progenitor ahora que lo había encontrado. Por qué la vida le había hecho esto, por qué Lorenzo lo había despreciado. O era su madre que lo había apartado de él. Por qué su padre legítimo no lo buscó. Y así, mezclado con el dolor natural que causa cualquier

muerte, era invadido con sentimientos obscuros que lo sumergían en tinieblas que un corazón adolescente no debería atravesar…

NOVELA “LA FAMILIA DE GIUSEPPINA” CAPÍTULO 19

 Ama hasta que te duela. Si te duele es buena señal.

Madre Teresa de Calcuta

 

Capítulo 19: Instancias decisivas

 A la mañana siguiente, Domenica, partió hacia la escuela como de costumbre, pero esta vez cambió su rumbo y viajó hasta la Mutualidad para hablar con Bernardo. Era un poco temprano, por lo que debió esperar sentada en la puerta del Instituto. Una hora más tarde apareció finalmente Bernardo. Al verla, no se sorprendió, muy por el contrario, el gesto de su rostro fue de ternura:

– Ay, ay, ay… el amor… ¿me equivoco? – dijo el director con un tono amable y comprensivo. Bernardo era un ser sensible, entendería a la niña más allá de los enredos de los adultos.

– Buenos días director. Disculpe Usted que lo moleste tan temprano, pero me he enterado de todo lo que está pasando y temo que Santos se vaya para siempre de Argentina y no poder verlo más. – le decía a Bernardo Domenica Agustina con tristeza, mirando hacia el piso por la vergüenza que le generaba estar molestándolo.

– Ay chiquita… estamos todos en medio de líos de amor… Ven, pasa por aquí, vamos a tomar un té. – Bernardo estaba doblemente conmovido. Por un lado sentía pena por la niña, por el otro, pensaba que en un futuro Domenica podría ser su hijastra.

– Bernardo, me he enterado de la verdad sobre mi familia, sobre Santos y también sé que Usted está enamorado de mi mama –

Bernardo se quedó mudo. No esperaba una declaración tan sincera por parte de Domenica.

– Bueno, es verdad, amo a tu madre. No sé cómo se desencadenarán los acontecimientos pero lo único que tengo claro es que pelearé por ella. –

– Y yo por Santos, no quiero perderlo – dijo desesperada Domenica Agustina.

– Mira, haremos una cosa. En un rato, resolveré unos asuntos aquí, debo organizar algunas cuestiones, luego, partiremos hacia el hotel donde se hospeda Santos y podrás hablar con él. Tal vez, puedas convencerlo de permanecer aquí en Buenos Aires. –

– Me parece perfecto, aunque ya estoy muy nerviosa, acuérdese que Santos y yo sólo somos amigos –

– Chiquita… ¿Sabes? Cuando hay amor, hay entendimiento, ésa será tu guía, recuerda eso, si hay amor todo funciona. – 

Así, Bernardo dejó a Domenica Agustina sola en su oficina degustando un té y buscó la forma de poder tomarse un rato libre. Volvió una hora más tarde y acompañó a la niña a ver a Santos. En el camino, hablaron:

– ¿Cómo se sintió al saber la verdad? – inquirió Domenica.

– Bueno, yo amo a Santos como si fuese mi hijo natural, eso no cambiará, siempre estaré para ayudarlo. En cuanto al amante de mi esposa, bueno, ella siempre ha sido muy libertina, por lo que no me ha sorprendido mucho. Además, me encuentro a mis 51 años con una nueva oportunidad para amar, para sentir algo puro en el corazón y eso no permite que mi alma se empañe. Me he enamorado de tu madre a primera vista, y al conocerla, hubo entendimiento, nada podrá separarme de ella. ¿Ahora entiendes lo que te dije antes? – miró Bernardo a la niña y subió las cejas expectante. Quería saber qué pensaba ella.

– Bueno, para ser sincera, ya que nadie nos escucha, me siento feliz por mi madre, tú la quieres, y mi padre, aunque nunca lo dijo, nunca la amó. Nunca fue cariñoso con ella, nunca recordó su cumpleaños, nunca la tomó de la mano. Me siento feliz por usted también. – sonrió Domenica.

Bernardo se sintió gratificado.

– Eres muy sincera, eso es una virtud. Santos sabrá ver la belleza interior que guardas. –

Luego miraron hacia delante y caminaron hasta encontrar un taxímetro.

Ya en la puerta del hotel, Bernardo guió a Domenica hasta la habitación de Santos y luego de cerciorarse con el encargado de que él esté en la misma, dejó sola a la niña y se retiró al bar de la esquina a tomar un café para pasar el rato.

Domenica tocó la puerta:

– ¿Quién es? – preguntó Santos.

– Soy yo, tu alumna, Domenica – dijo ella con un tono apagado por los nervios.

Se abrió la puerta. Santos no estaba solo:

– Hola Domenica. Me sorprendes… pasa… – dijo Santos desconcertado.

– Si estás acompañado, vuelvo más tarde… –

– Ella es mi madre, Elisabetta. Madre, ella es Domenica Agustina… es… –

– Sí, ya sé quién es, la hija de Lorenzo y Emiliana – dijo Elisabetta mirando a la niña en forma penetrante.

– Pasa, no te quedes allí, pasa, mi madre ya se retiraba. – explicó Santos irritado. 

Su madre llevaba un buen rato allí y mantenían una discusión acalorada. Como pudo, o mejor dicho, como le fue permitiendo su hijo, Elisabetta le narró los acontecimientos verdaderos que los llevaron a todos a las situaciones en las que se encontraban en ese momento, desde el suicidio de Domenico hasta sus razones para casarse con Bernardo ocultando la verdad.

– La verdad es que no me molesta si se queda, tal vez debamos hablar los tres. – dijo Domenica.

Se sentaron en una pequeña mesa y Elisabetta fue interrogada por ambos largamente. Domenica lloraba, no por su padre o por su madre. Lloraba por ella. Era medio hermana de Santos y eso era terrible para todos. Al respecto Elisabetta le dijo:

– Agustina, oye – tratando de no pronunciar el irritante primer nombre de la niña – tu padre y yo, o tu madre, o quien sea, no podemos decidir por ustedes. Eso es algo que sigue sucediendo y lleva a enlazar a personas que no se aman, como pasó con tus padres, y mira los resultados. De una forma u otra, tarde o temprano, todos buscaron su verdadero amor. Ustedes no pueden… no deben repetir los errores de sus padres. Aunque compartan un lazo de sangre nada está prohibido. Y si la sociedad les es un estorbo por sus habladurías o chismes, pues entonces, viajen. Pueden vivir en otro país y visitar Argentina asiduamente. En Europa los ánimos no están como para que lo elijan como destino, muchos menos, España. Antes de tu llegada le contaba a Santos sobre la guerra civil, no es un buen lugar para dos jóvenes artistas. Tal vez, puedan ir a Méjico, allí tengo muchos amigos, hay un gran círculo de artistas y los recibirán con los brazos abiertos sabiendo que Santos es mi hijo.

– Méjico es muy lejos – dijo Agustina – Pero lo haría por ti – y sonrió.

Santos le tomó la mano y miró a su madre. La decisión estaba tomada, sólo era cuestión de tiempo. Elisabetta les había hablado pensando en la felicidad de su hijo, trataba de no ser egoísta, sabía que lo extrañaría mucho. Pero también sabía que esa relación, más allá del optimismo que les mostró a Santos y a Agustina, era una relación casi imposible, tendrían que luchar contra prejuicios, murmuraciones y calumnias que no merecían. No quedaban opciones, deberían marcharse.

– Elisabetta ¿Podría Usted hablar con mi padre sobre esto? – preguntó insegura Agustina.

– Mira, tu padre ha mostrado oposición desde que supo del acercamiento entre ustedes. Trataré de persuadirlo, pero debes saber que está muy perturbado – explicó con simpleza Elisabetta.

 – Ustedes deben intentar seguir adelante sin buscar aprobación, han elegido un camino difícil y deberán atenerse a las consecuencias. –

Elisabetta dejó el departamento. Santos y Agustina quedaron solos. Santos la tomó de la mano y la llevó al balcón. La abrazó y disfrutaron de los rayos de sol mañanero:

– Agustina, quiero que sepas que muy dentro de mí, sé que estaré contigo para siempre. Te amo. – Se besaron suavemente y se fundieron en un abrazo.

Al llegar el mediodía, Emiliana advirtió que su hija se estaba retrasando.

-Debería haber vuelto del colegio hace más de media hora – dijo mirando a Giuseppina.

– Mama, ya vendrá, no te preocupes – dijo cómplice la niña sabiendo que su hermana estaba con Santos.

– O será que… Gi… tú sabes algo… – dijo inquisidora Emiliana.

– Mama… yo no sé nada, además, mi hermana ya es grande. –

– ¿Qué argumento es ese? ¿Grande para qué? ¿Dónde está? – se desesperó la madre.

– Mama, no te inquietes. Ha ido a ver a su profesor. No te opongas mama, será peor, acuérdate de tía Vittoria. –

Emiliana se pasmó. Sus propias anécdotas le estaban jugando en contra. Emiliana ahora era esclava de sus palabras.

– Escucha bien, lo que sucedió con Vittoria fue diferente. – se excusó Emiliana.

– ¿Por qué mama? Tú la ayudaste a escapar. Ahora yo ayudo a mi hermana. ¿Qué es lo diferente? – dijo Giuseppina insolente.

– ¡Niña! … ya… ya… esperaremos a tu hermana y hablaremos las tres. Eres muy pequeña para inmiscuirte en estos asuntos, pero como te has invitado tu sola al festín, deberás escuchar todas las campanas. – se resignó así Emiliana. Su hija era muy madura como para pillarla.

Se abrió la puerta de calle, era Agustina.

– Hija… ¡Por Dios! ¿Me quieres dar un soponcio? – le dijo Emiliana con voz afligida.

– Mama, debemos hablar – dijo Agustina con gesto severo.

– Sí, lo sé… – y se sentó en una de las sillas de la cocina predispuesta a escuchar a su hija.

– Mama, sé que sólo tengo 16 años, pero estoy muy segura de mis sentimientos, te pido por favor, intercedas por mí ante papa y lo hagas comprender que si no permite esta relación deberé partir al extranjero – explicó amenazante Agustina apoyada de costado en la mesada cruzada de brazos.

Emiliana se desesperó, una vez más debería sufrir lo que padeció con su hermana Vittoria años atrás, pero ahora era mucho más grave, se trataba de su hija. 

– Hija, eres muy joven, te estás apresurando, tienen mucho tiempo aún. ¿Por qué tomar decisiones tan drásticas que pueden hacer que en el futuro reniegues de tus decisiones pasadas? ¿Por qué pensar en huir cuando todavía no has intentado persuadir a tu padre?- Emiliana trataba de esgrimir algún argumento valedero que aplaque un poco la actitud vehemente de Agustina.

– Mama, es una decisión tomada, esta misma tarde debe quedar resuelta – se dio media vuelta Agustina y se encerró en su cuarto. Giuseppina, que miraba como un espectador observa una obra de teatro, se retiró simulando preocupación, cuando en realidad, en los dramas de la familia, no veía otra cosa que argumento para sus futuras novelas.

Inmediatamente se escuchó la puerta, era Lorenzo. Nadie sabía que había pedido licencia en su trabajo y luego de estar con Elisabetta y su hijo, decidió caminar antes de llegar a su casa de Barracas. En la caminata, repasó toda su vida, la relación enrevesada con su padre, los campos de olivares, su amistad con Domenico, sus primeros trabajos en Argentina, su matrimonio arreglado, los nacimientos de sus cuatro hijas, su hijo aún desconocido, y su amor apasionado hacia Elisabetta.

Entró a su casa, caminó a paso calmo y se dirigió a la cocina, sabía que, de seguro, Emiliana estaría allí.

– Emiliana, reúne a nuestras hijas, vamos a hablarles – dijo Lorenzo cansado, con la tez enrarecida.

– Lorenzo, ¿No fuiste a trabajar? – preguntó Emiliana extrañada.

– ¿Trabajar? Por favor Emiliana. ¿Con qué ánimo? – 

– Hace unos momentos Agustina me dijo que seguirá adelante con Santos, que no se echará atrás – advirtió Emiliana a su esposo.

– ¿Dónde está? – preguntó Lorenzo indignado. Emiliana lo miró, se había convertido en el fiel reflejo de su padre Massimo, se había tornado iracundo.

– En su habitación, pero prométeme que…- Lorenzo salió con la velocidad de un rayo para el cuarto de la niña. Tomó la llave de la puerta y la encerró. 

– ¡Se tendrá que quedar allí hasta que entre en razón! – ordenó Lorenzo colérico.

– Pero… ¡Lorenzo! ¡Así será peor! ¡Debes escuchar a tu hija! – se exasperó Emiliana.

– ¿Escuchar qué? ¿Que quiere casarse con su hermano? ¡Por favor Emiliana! ¡Deja de apañar esta locura! – Lorenzo guardó la llave en su bolsillo y volvió a la cocina entre los gritos de Emiliana que lo perseguía afligida.

– Emiliana, en unas horas me iré de esta casa, por favor, llama a nuestras hijas – dijo Lorenzo más calmado a su esposa, mientras se servía un vaso de vino.

– ¿Te irás? – 

– Sí, y no me cuestiones nada, tú ya tienes quién ocupe mi lugar, ¿o no? – preguntó mordaz Lorenzo.

Emiliana lo miró furiosa. No atinó a contestar nada. Salió pronto de la cocina, se sintió avergonzada. Cruzó la calle con flojera hasta la casa de su hermana Vittoria. Le pidió que llame a sus hijas, porque aunque ellas vivían a escasos metros no se sentía en condiciones de cumplir con las órdenes de Lorenzo. Sentía las piernas temblorosas, el estómago revuelto y apenas le explicó someramente la situación a Vittoria, volvió a su casa. Vittoria no preguntó nada, ella era la confidente de Emiliana, ya lo sabía todo.

Unos instantes más tarde, ya las hijas de Lorenzo, Annunziatta, Cinzia y Giuseppina, estaban con él en la cocina de su casa, salvo Agustina que, encerrada en su habitación, habiéndose cansado de gritar, se entregó a su suerte. Emiliana no se animó a enfrentar a sus hijas y se desplomó en la cama. Perdida nuevamente en sus meditabundos pensamientos reflexionaba acerca de su esposo: – Es la primera vez en su vida que enfrenta una situación áspera. Debe amar mucho a esa mujer -. 

Mientras tanto, en la cocina, los rostros de las dos hijas mayores de Lorenzo cambiaban constantemente con las novedades que le iba relatando su padre. Cinzia, provista de un carácter infernal, recriminó a su padre acerca de su pasado. Annunziatta, como siempre, mesurada, puso paños fríos, y Guiseppina, para no perder la costumbre, registraba atenta todo en su cabeza.

– Por todo esto que les acabo de contar, es que he decidido dejar esta casa hoy mismo- explicó finalmente Lorenzo a sus hijas con temor. El nunca en toda su vida había sido tan directo, tan valiente. Siempre se escabullía antes de enfrentar un problema.

– ¡Papa! ¡Qué va a ser de mama! ¡Por Favor! ¿Es que ella no te importa ni un poco? – preguntó Cinzia exasperada.

– Hija, querida inocente – sonrió con ironía Lorenzo y prosiguió – Tu madre ya consiguió un reemplazante – 

Todos enmudecieron, Lorenzo siguió:

– Sí, tiene otro hombre, así que no se ocupen tanto de esos asuntos y traten de pensar en que sus padres han preferido enfrentar la verdad de sus vidas y estar con las personas a quiénes aman. Punto. – dijo en forma inapelable.

– Papa, me dejas sorprendida, apenas si puedo pensar… no puedo opinar, pasan muchas cosas como para sacar conclusiones… de momento me mantendré al margen, no sé si estoy enojada, triste o confundida, mejor me voy… – pronunció estas palabras aturdida Annunziatta. Las noticias la habían quitado de su mundo estructurado y coherente. Se sentía turbada. Se levantó y se fue directo a su casa, a una cuadra. Cuadra que no sabe cómo caminó, estaba en trance y al llegar a su casa prefirió no contar la verdad a su esposo, el bochorno la superaba. Se encerró en su habitación.

-Cinzia, ve y cuenta todo esto a tu hermana Agustina – ordenó Lorenzo mientras Giuseppina lo miraba absorta.

– ¿Y por qué está en la habitación ahora? – preguntó confundida Cinzia, ya que lo más lógico era que ella estuviese sentada allí con ellas.

– Esa es otra historia que espero te cuente ella… ahora déjenme solo, me duele el pecho por las angustias que estoy pasando- dijo Lorenzo dejando entrever un gran hartazgo.

Cinzia se dirigió al cuarto de su hermana junto a Giuseppinna, y al enterarse de las últimas novedades, Agustina enfureció argumentando que su padre podía elegir estar con la persona que amaba y ella no lo tenía permitido. Viendo que el razonamiento de Agustina era bastante justo, sus hermanas la ayudaron a escapar de la casa. Salieron sigilosamente y Agustina partió en busca de Santos…

 

NOVELA “LA FAMILIA DE GIUSEPPINA” CAPÍTULO 18

“Un verdadero espíritu de rebeldía es aquel que busca la felicidad en esta vida.”

Henrik Johan Ibsen (Proverbia.net)

Capítulo 18:   Padres rebeldes, Hijos rebeldes

Por la tarde, Lorenzo insistió con ir a ver a Santos, debía conocer la verdad.

– Lorenzo. ¿Estás seguro? Mi hijo es muy terco, no sé si es el mejor momento para que le hables, déjame a mi – trataba de convencer Elisabetta a Lorenzo.

– Elisabetta, te digo que ya no quiero más mentiras. Debo pasar este trago amargo, no quiero, pero debo. Y luego de hablar con él, hablaré con mi familia. Está decidido. No me contradigas. – dijo firme Lorenzo.

– Bueno, ve y habla. Que sea lo que sea… – miró hacia el piso Elisabetta y suspiró agotada.

– ¡No! Que sea lo que Dios quiera… –

– No Lorenzo, te equivocas, hemos llegado hasta aquí por nuestros errores. Nuestras decisiones pasadas forjaron nuestro presente. Acéptalo, Dios no te ha llevado a engañar, mentir, ocultar o a actuar con desenfreno. Hazte cargo de tu pasado, y tu presente se encaminará hacia un futuro más benévolo. – Se explayó así sinceramente Elisabetta sin importarle los sentimientos de su amante.

– Vamos al hotel a buscar a Santos – dijo Lorenzo indiferente.

– Oh, veo que he sido demasiado directa… – dijo Elisabetta ante la evasiva de su amante.

Y se dirigieron hacia el hotel en cuestión para encontrar a su hijo. Una vez allí, Elisabetta entró sola y pidió por él. El encargado le dijo que el chico había salido por la mañana temprano y aún no había vuelto. Elisabetta reaccionó asustada y preguntó si aún seguía alojado allí, de pronto se escuchó desde la puerta del hotel:

– Sí mamá, aquí estoy… y si vienes a convencerme de quedarme en Buenos Aires, pierdes tu tiempo. Prefiero estar con amigos sinceros en España, a estar con familiares traidores en Argentina – Habló turbado por la rabia Santos.

Entró unos pasos adentro Lorenzo, que, escuchando la conversación dijo:

– Santos, hijo, soy tu verdadero padre, déjame explicarte las situaciones que nos llevaron a estar distanciados, por favor, escúchame nada más… –

– ¡Ya! Habla pues… – exclamó Santos con indiferencia, pero en realidad este era el momento que ansió toda su vida.

– Bueno ven, siéntate aquí – Lorenzo señaló el sillón del hotel.

– Cuando conocí a tu madre, yo tenía otra familia y… –

– ¡Mal hombre! ¡Me marcho! ¡Me das asco! – sin entender razones se levantó enérgicamente y se encerró en su habitación.

– ¿Viste Lorenzo? Sabía que pasaría esto, no conoces a mi hijo. El, es un ser que no soporta las traiciones, no las tolera, y nuestra historia está llena de mentiras… – dijo Elisabetta triste y preocupada por su hijo.

– Lo has criado con tus aires de grandeza – le reprochó Lorenzo – si me hubieses permitido saber de su existencia… – y rompió en llanto de impotencia.

– Lorenzo, vamos, dejemos esto aquí hoy, mañana volveré sola – trató de apaciguar los ánimos Elisabetta.

Partieron del lugar hacia el departamento de Elisabetta. Lorenzo, luego de recuperarse, fue para su casa de Barracas.

– ¡Emiliana! ¡Dónde estás! – gritó Lorenzo.

– Por aquí… ¿por qué gritas? – preguntó molesta.

– Ven, siéntate aquí – la llevó a la cocina.

– Si, dime… –

– Emiliana, ya sé todo –

– ¿Todo? ¿Qué? – dijo ella timorata.

– ¡Vamos! Basta de fingir… se lo de ese idiota de Bernardo… estuve con Elisabetta – dijo fastidiado Lorenzo.

– ¡Ah! ¡Veo que te has puesto en contacto con ella nuevamente! ¿Y? ¿Qué más? ¿Qué dirás? ¿Acaso no te acostaste con ella? ¿Cuáles son las explicaciones que me estás pidiendo? ¿Eh? – gritaba Emiliana con la ira propia de la sangre italiana que corría en sus venas.

Sus hijas, que estaban en su cuarto, pararon las orejas prestas a escuchar y se acercaron a la cocina, pero escondidas.

– Emiliana, dejémonos de cosas, nunca nos hemos amado, nuestra vida ha sido una pantomima, lo único bueno que hemos hecho son nuestras cuatro hijas –

– Sí, tienes razón, aunque yo algo te quise… – dijo abatida Emiliana dirigiendo su mirada hacia el suelo.

– Perdona, no quiero lastimarte, es que estoy… – dijo Lorenzo con voz tenue y dubitativa.

– ¿Celoso? ¿Herido? – preguntó Emiliana.

– Emiliana, Domenica debe dejar de ver a Santos… – dijo con decisión Lorenzo.

– Pero… ¿Qué pasa? ¿Es que ahora cambiaste de opinión sobre lo de nuestra hija? ¿No era que ella no tenía por qué pagar las culpas de nuestro pasado y estudiar con quien quisiese? – lo increpó Emiliana parafraseando a su esposo.

– Emiliana. ¡No entiendes! ¡Santos es mi hijo! – gritó Lorenzo y luego quedó tieso esperando la reacción de su esposa.

– ¿Eh? Pero… – Emiliana se tomó las sienes con ambas manos, abrió los ojos exageradamente y se le desorbitaron.

– Emiliana, Domenica no puede ver a Santos nunca más – le exigió Lorenzo.

– ¡No! ¡Eso no va a poder ser, papa! – entró raudamente Domenica Agustina a la cocina envuelta en un llanto amargo.

– Hija… por favor… – dijo su padre con un tono lastimoso.

– ¿me dices “Hija”? ¿Estás seguro, papa? ¿O no seré hija de algún amante de mi madre? ¡Por Dios! – gritó.

Lorenzo avanzó de un tranco hacia su hija y le dio vuelta la cara de una bofetada, la niña corrió a su cuarto. Giuseppina miraba desde un ángulo de la cocina asistiendo a su iniciación en el mundo de los adultos.

Emiliana, con ganas de abrazarla, no pudo moverse víctima de su mareo, y su padre, enfrascado en su dolor, ni siquiera advirtió su presencia.

La niña caminó silente hacia el cuarto en busca de Domenica.

-Domenica… – llamó la niña a su hermana en tono apocado.

-Gi… ¿Te das cuenta lo que me ocurre? Yo amo a Santos y es nuestro medio hermano… – y explotó en un llanto incontrolable.

Giuseppina que era chica, pero experta en escuchar y grabar en su memoria todas las conversaciones de adultos le dijo:

-Si lo amas, ve a buscarlo y huye con él, como hizo tía Vittoria… Mama no podrá decirte nada, ella misma ayudó a la tía a escapar con tío ILario.-

– Tienes razón, sé que él me ama también… –

Domenica se compuso, se envalentonó.

– Mañana mismo iré a hablar con su padre, bueno, “ex padre” de Santos – dijo decidida y miró a su hermanita que estaba excitada por las andanzas de su familia. Giuseppina era un cascabel, nada la amedrentaba, y enterarse de que sus padres tenían amantes y ellas un medio hermano, en vez de hacerla sucumbir, más bien la hizo entrar en un sinfín de conjeturas propias de las novelas románticas que leía con su hermana, pero en este caso, ella era la protagonista. Ella pensaba que si su hermana podría ser una artista de la pintura, por qué ella no podría ser una gran escritora de novelas plagadas de dramas. Finalmente, Giuseppina le sonrió a su hermana y se recostaron en sus camas, conversando hasta altas horas de la madrugada, como era su costumbre…

NOVELA “LA FAMILIA DE GIUSEPPINA” CAPÍTULO 17

La peor verdad sólo cuesta un gran disgusto. La mejor mentira cuesta muchos disgustos pequeños y al final, un disgusto grande.

Jacinto Benavente (Proverbia.net)

Capítulo 17:  Predestinados a la verdad

 

La noche encontró a Emiliana lavando los platos, mientras sus hijas menores, Giuseppina y Domenica Agustina, disfrutaban leyendo una novela romántica. Lorenzo, por su parte, hacía sobremesa escuchando la radio. Emiliana aún dudaba acerca de contarle la verdad a Lorenzo, pero cada vez estaba más cerca de inclinarse a hablar, y eso fue lo que finalmente hizo, esa noche, cuando se disponían a acostarse:

– Lorenzo, tengo que hablarte – dijo decidida Emiliana sentada en una punta de la cama.

Lorenzo la miró con gesto de sorpresa. Su esposa no era de las personas que enfrentaba los sucesos de la vida de esa manera, más bien, cuando quería decir algo, simplemente, daba vueltas alrededor del asunto hasta que el otro se percataba de sus verdaderas intenciones. Por ello la miró desde la silla en la que estaba cambiándose de ropa y dijo preocupado con el ceño fruncido:

– ¿Pasó algo malo? –

– Bueno… es sobre nuestro pasado…- dejó así Emiliana un clima de suspenso inquietante.

Lorenzo abrió los ojos expectante porque la palabra “pasado” sumada al gesto de su esposa, para él, era sinónimo de “Elisabetta”.

– Bueno, ya… ¡habla ya! – ordenó.

– Nuestra hija, Domenica, en su estudio… Es decir… – Emiliana balbuceaba nerviosa, de repente dijo:

– Elisabetta es la esposa del director del Instituto. ¡Ahí está! ¡Ya lo sabes!-

Emiliana quedó inmóvil esperando la reacción de Lorenzo, que, gracias a sus averiguaciones, sabía que Elisabetta estaba casada, que residía en Buenos Aires y quién era su esposo, por lo que reaccionó de manera fría y calculada:

– ¿Y con eso qué? ¿Es que acaso mi hija no puede estudiar en un instituto sólo por culpa de nuestro pasado? – 

Así Lorenzo concluyó la conversación dejando a Emiliana estupefacta. Se calzó el pijama, se acostó en la cama y fingió caer en sueño profundo rápidamente. Emiliana después de la contestación inesperada de su esposo quedó muda pero contenta, no quería seguir indagando, aprovechó su buena fortuna y se acostó en silencio.

Ambos habían salido airados de la situación trágicamente desopilante.

Lorenzo pensó que todo iba a la perfección, pero luego meditó que lo que no tuvo en cuenta es que su encuentro con el director aquel día en que se identificó como el padre de Domenica, tarde o temprano, llegaría a oídos de Emiliana. Por un momento se preocupó pero luego pensó que podría decir que lo hizo por su hija. Lo que ignoraba Lorenzo es que su esposa hablaba permanentemente con Bernardo, no solo eso, tenían una relación íntima, y que la hora de todas las verdades se acercaba raudamente.

Emiliana intentó dormir de espaldas a Lorenzo, pero estaba enmarañada en pensamientos y reflexiones, intempestivamente se dio vuelta:

– Lorenzo –

– ¿Qué? – contestó Lorenzo fingiendo somnolencia.

– Hay más…-

– ¿Más? ¿Qué más? – preguntó extrañado y temeroso.

– Es Domenica Agustina, está muy contenta con su profesor y él con ella, tanto, que… supongo… que…en un futuro cercano nos enteraremos de las intenciones del muchacho de pedir su mano, estoy segura, el tiene 17 años, así que es muy probable… – explicó a medias Emiliana.

– Bueno, aunque la considero muy niña todavía, y aunque ni lo conozco, aunque todavía no pasa nada y tú, como siempre, te adelantas a todo, con todo esto así como te digo, no estoy conforme pero tampoco molesto, ya podría estar en edad de buscar pretendientes y es una hermosa niña, y por supuesto, la pretenderán, así que basta de inventar problemas y duerme ya… – refunfuñó Lorenzo disimulando, ya que él mismo ya lo había conocido el día que se lo presentó Bernardo.

– Sí… pero ese chico es el hijo del director y de… – hizo silencio Emiliana sabiendo que se venía algo nefasto.

– ¡Qué! ¡Maldita casualidad! ¡Qué castigo! ¡Justo el hijo de Elisabetta! ¡No puede ser! ¡Por qué no podía ser otro! – y, a pesar de que ya lo sabía, por el encuentro que había tenido en la Mutualidad de Bellas Artes, rompió en llanto como un chico, porque en su fuero íntimo se desataba la cuestión más difícil de toda su existencia: su hijo y una de sus hijas, juntos, eran medios hermanos y se estaban emparentando en forma errada, de la peor manera. Si decía la verdad, todos sabrían que tuvo un hijo extramatrimonial, si mentía, dejaría que dos medios hermanos se casen y él sería el portador de un secreto escabroso.

– Lorenzo, no llores querido – decía Emiliana mientras acariciaba la espalda ancha de Lorenzo – las cosas no son siempre tan malas como parecen, todo se va a resolver –

– Sí, todo se resuelve finalmente, porque todo se revela tarde o temprano – dejó de esta manera un final intrigante en la conversación y no quiso hablar más, se levantó, fue a la cocina, tomó un poco de vino y se sentó mirando el vaso a medio llenar.

Se preguntaba por qué le tocó vivir esto. ¿Era un castigo por sus acciones pasadas? No sabía qué pensar… 

Decidió que debía ubicar a Elisabetta urgentemente, ahora sí que no podía perder más tiempo, quería corroborar de primera mano, de la boca de Elisabetta que el profesor de Domenica Agustina fuera su hijo. Mientras sufría desvelado esa madrugada la hora pasó y lo sorprendieron los rayos de sol asomando por la ventana de la cocina. Se duchó y salió antes de que se levanten todos en su casa. Emiliana advirtió cada uno de sus pasos pero se mantuvo al margen.

Lorenzo salió a la calle con el cuerpo fatigado pero energizado por la desesperación. Se dirigió hacia La Boca, esperaba poder encontrar a Elisabetta. Pero él ignoraba que Elisabetta tuvo un encuentro cara a cara con Emiliana, por lo que su ex amante no frecuentaría La Mutualidad a menos que sea por fuerza mayor. Lorenzo se ausentó ese día en su trabajo, se quedó la mañana entera en un bar a 20 metros, en diagonal al Instituto. Llegó a divisar a Bernardo, pero solo. Nada más que eso. Cerca de las 12 horas del mediodía decidió pedir un sándwich, no tenía apetito, pero el dueño del bar lo sacaría a patadas si seguía ocupando mesa con apenas el consumo de dos cafés. Cerca de las 13 horas vio salir a Bernardo junto a un muchacho alto. Se alertó y no les quitó la mirada hasta que cruzaron la calle y entraron al bar. Lorenzo bajó la vista, fingiendo estar concentrado en su frugal almuerzo. Bernardo lo vio, pero disimuló, se sentó de espaldas a él, dejando a su hijo frente a Lorenzo. Sí, Bernardo estaba con Santos, pero Lorenzo seguía mirando su almuerzo, no quería levantar sospechas. Se cercioró que ya se hubiesen acomodado y los miró, miró más al muchacho, le clavó la vista y se sintió perturbado.

-Es igual a mi- pensó aterrorizado – ¡Tiene hasta mis gestos! ¡Dios mío! ¿Qué voy a hacer?-

Lorenzo dejó el sándwich sin terminar, pagó la cuenta y salió del lugar, se sentía mareado de los nervios. Se sentó a una cuadra, en un escalón y meditó sobre sus posibilidades. Decidió que debería hablar con el muchacho, era riesgoso, podría suceder que no le creyera la verdad que tenía para contarle, pero no podía esperar a localizar a Elisabetta.

Carcomido por las ansias y los nervios esperó en otro bar cercano dos horas más. Luego, se dirigió al encuentro improvisado con el que debería ser su hijo. Llegando al lugar divisó a Emiliana con su hija:

– ¡Ay! Por Dios… cierto… hoy es martes… – pensó regañándose a sí mismo por su distracción. Casi se las cruza a ambas. Decidió retroceder, muy a su pesar, y regresar en dos horas, al término de la clase de Domenica.

Ya a las 17 horas estaba plantado allí, muerto del dolor de estómago, asfixiado por sus tormentos, cansado por haber pasado el día entero en la calle. De pronto, salen del Instituto Emiliana y Bernardo, conversando y riendo:

-Demasiada confianza le da para ser una mujer casada – pensó celoso y con el ego herido Lorenzo. Luego, salió Domenica Agustina y su profesor. Bernardo despidió a los tres y regresó adentro del establecimiento. Emiliana y su hija partieron juntas y Santos caminó solo en dirección hacia donde estaba parado Lorenzo. Cuando lo tuvo cerca le dijo:

– ¡Muchacho! Disculpe… –

– Sí señor – respondió Santos en su inconfundible tonada española.

– Tú me conoces, soy el padre de Agustina, debo hablar contigo –

Santos lo miró.

– Por favor… – suplicó Lorenzo tomando a Santos por el codo.

En ese momento apareció Doña Rosa:

– ¡Lorenzo! ¡Querido! ¡Qué suerte que te veo! Te anda buscando Elisabetta, me dejó su dirección… – Rosa gritaba todo sin respirar, sin puntos ni comas.

Lorenzo y Santos giraron la cabeza hacia Doña Rosa, luego Lorenzo bajó la cabeza, miró al piso y Santos exclamó:

– Pero… ¡Usted! ¡Qué es todo esto!…- pensó un momento Santos y abrió los ojos como dos faros – ¡Lorenzo! ¡Elisabetta! ¡Explíqueme! –

Lorenzo lo miró aterrado, bajó la vista otra vez.

– Soy tu padre – dijo Lorenzo.

– Pero… ¡Hijos de puta, me han mentido todos estos años! Yo que pensaba que mi padre había muerto… – Santos se sintió mal y regresó en busca de Bernardo, “el otro engañado”. Lorenzo trató de detenerlo pero el muchacho le quitó la mano bruscamente y salió caminando como agobiado.

– ¡Cuánto lo lamento Lorenzo, no quise hacer esto! – exclamó Doña Rosa apenada.

– No, quédese tranquila, esto pasaría tarde o temprano, estaba predestinado – dijo Lorenzo desahuciado y acompañó a Doña Rosa a la pensión para tomar la dirección de Elisabetta.  

Así, mientras Lorenzo viajaba hacia la casa de su antigua amante, Santos anoticiaba con los secretos develados a Bernardo.

Una vez en el departamento de Elisabetta Lorenzo tocó el timbre:

– ¿Quién es? – preguntó una voz femenina.

– Soy Lorenzo – dijo él sin más.

Elisabetta abrió la puerta, miró a Lorenzo. Sintió un amor profundo y un deseo estremecedor que creía perdido. Estaba igual, pero con algunas arrugas. Cortó repentinamente sus pensamientos y se lanzó a sus brazos. Lo abrazó, se dejó abrazar, se besaron desesperadamente como si nada existiese a su alrededor, eran dos cuerpos, dos almas sin edad, sin tiempo, sin nombres, eran uno. Se besaron hasta el hartazgo, no mediaron palabras hasta que Lorenzo la miró y le dijo:

– Acabo de volver a la vida, te amo como nunca a nadie he amado, te amaré para siempre, hoy mismo, dejo todo y me iré contigo, no perderé más tiempo, quiero vivir el resto de mis días a tu lado –

– Te amo, Lorenzo, había olvidado lo que me hacías sentir, fui tonta, engreída y egoísta, perdóname – y lloró.

– Vamos adentro…– dijo Lorenzo amablemente.

Entraron en el departamento. Elisabetta hizo café y bebieron tomados de la mano, sentados en una pequeña mesa mirándose a los ojos.

– Acabo de conocer a nuestro hijo – dijo Lorenzo mirando fijo a Elisabetta.

– Bueno, parece que no debo explicar nada entonces, has visto que es tu fiel retrato – dijo ella resignada.

– Sí, lo es. El problema es que él ya se enteró, pero de la peor manera – y así Lorenzo comenzó a relatarle a Elisabetta todo lo que había pasado, incluyendo el detalle sobre la relación de sus hijos.

– Elisabetta… ¿Entiendes? Esto es terrible… y… no me has dicho como bautizaste a nuestro hijo – dijo Lorenzo aunque ya conocía el nombre del chico.

– Santos – dijo Elisabetta sonriendo – Es el nombre de mi abuelo.

– Es un buen nombre, ¿Y cómo es él? –

– Es un chico maravilloso, sensible. Es un gran artista. Me he ocupado de que estudie en los mejores lugares y con los mejores profesores – hablaba orgullosa Elisabetta. – Lorenzo, deja todo en mis manos, esta misma tarde apenas regrese hablaré con él –

-Pero, yo quería estar presente –

– No, en un rato llegará a casa y recuerda que no será el único que pedirá explicaciones, probablemente Bernardo este furioso también – explicó Elisabetta previendo la larga noche que le esperaba.

– Está bien. Pero mañana por la mañana iré a pedir una licencia en mi trabajo y vendré a ver qué resolvieron – dijo firme Lorenzo.

Lorenzo partió para Barracas. Elisabetta quedó a la espera de la llegada de su hijo y de Bernardo. Pero, pasaban las horas y no aparecían, hasta que de repente entró su esposo.

– ¡Elisabetta! ¡Descarada! ¡Mentirme a mi, lo creía posible, pero a tu hijo! ¡Sabes cómo está! Desilusionado, destruido… – explicó enérgico y a los gritos Bernardo.

– Bernardo, no entiendes… ¿Qué podía yo hacer? Estaba sola, desesperada, no vislumbré otra manera de llevar a cabo mi situación. ¿Es que acaso me hubieses querido si te hubiese dicho la verdad? ¿Que el padre de mi hijo existía? – preguntaba entre enojada y desesperada Elisabetta.

– ¡No! No me hubiese casado contigo sabiendo que había otro hombre que se tendría que haber hecho cargo de tu hijo. Es verdad, pero es muy grande la mentira y la has sostenido durante 17 años. ¿Qué otras cosas me ocultas? ¿Eh? – bramaba Bernardo.

– ¿Y dónde está Santos? – se evadió Elisabetta.

– En un hotel, quiere regresar a España –

– ¡Cómo! ¡No! ¡Mi hijo! Por favor, Bernardo, no lo permitas… – se arrodilló Elisabetta y abrazó las piernas de Bernardo llorando desconsoladamente.

– ¡Ay Mujer! Siempre consigues lo que quieres, pero esta vez has ido lejos. El chico tomó la decisión y no sé si cambiará de parecer. Déjalo un tiempo, dale el aire que necesita. Y en lo que respecta a mi, aunque creo que ya no te debe importar, me alojaré en el hotel donde está Santos hasta conseguir otro departamento aquí en el Centro. Yo no iré a España, tengo razones para quedarme. Y ya que entramos en terreno de confesiones, te diré que me he enamorado de Emiliana, la madre de Domenica y lucharé por esa mujer, ese tipo, su marido, tu amante, no la merece. – habló drástico Bernardo y se dirigió a la habitación a preparar las valijas.

Elisabetta quedó sentada como niña en el piso, llorando, sorprendida. Pensó que al final ella no era la única “desvergonzada”. Parecía que Bernardo y la “mosquita muerta” de Emiliana tampoco habían perdido el tiempo.

Se levantó lentamente y decidió seguir a Bernardo a hurtadillas hasta el hotel para poder saber dónde estaba Santos.

Así lo hizo, estaban a unas pocas cuadras. Una vez que lo supo volvió caminando meditabunda repasando las escenas de su vida. Pensó en el nacimiento de Santos, en su infancia. Se dio cuenta que había vivido con la espina de la mentira clavada en el pecho, y, que por su cobardía, ahora sufriría las consecuencias no solamente ella, sino su niño.

A la mañana siguiente tomó un baño y se arregló, por un instante se permitió olvidar todo y prepararse para recibir a Lorenzo. Pensaba que siempre en su vida hubo algo que empañó sus alegrías: ella misma y sus decisiones. Ahora vendría su amante, el único hombre por el que sintió que podría dejar algo, ya más madura, su ego había disminuido, y ella se había corrido de ese pedestal en el que siempre se ubicaba, reconoció sus equivocaciones y se volvió más humilde (o menos engreída).

Lorenzo tocó a la puerta y ella le abrió sonriente. Se abrazaron y sin mediar palabras hicieron el amor como los dos amantes fogosos que habían sido alguna vez. Se dijeron que se amaban, se exploraron nuevamente, volviéndose a conocer, ya no eran los mismos, pero el deseo no había menguado. ¿Sería la magia del tiempo? ¿La idealización por no haber convivido? ¿Sería el gusto por la pasión prohibida? Elisabetta no sabía, pero no podía parar de pensar. En cambio Lorenzo se entregó a la pasión, pasión que traía reprimida. El, la amaba realmente, no tenía dudas. La extrañó cada día de su vida desde aquel encuentro en la pensión de Doña Rosa en La Boca.

Más tarde, tomaron un baño, bebieron café y Elisabetta lo puso al tanto de la situación intrincada con Santos.

Lorenzo le dijo que mientras permanezca en el país tendrían posibilidades de que los perdone, pero que él debía contar la verdad a sus hijas, para que así, Domenica entre en razón y hasta tal vez terminaría siendo beneficioso que Santos parta por un tiempo a España para que finiquite la relación con su hija.

– Lorenzo, no dejaré partir a mi hijo solo para que tu hija entre en razón – dijo indignada Elisabetta – ¡En todo caso preferiría que se casen a tener a mi hijo a miles de kilómetros de distancia y disgustado! –

– Perdona, hablé sin pensar, si lo que más deseo es conocerlo, es que estoy aturdido, perdón… – se avergonzó Lorenzo.

– Debes hablar con tus hijas. Aunque tal vez lo haga primero Emiliana y te ahorre el trago amargo – sugirió Elisabetta con malicia e ironía.

– ¿Emiliana? ¿Y qué tiene que ver ella en esto? – preguntó pasmado Lorenzo que no paraba de recibir novedades embarazosas. 

– Claro querido- surgió así la Elisabetta fría y mordaz de los años 20 – ¿O no sabías que tu “señora esposa” es la amante de mi marido? –

– ¿Qué? ¿Estás segura? –  dijo Lorenzo sintiéndose un idiota, con el orgullo masculino herido.

– Me lo ha dicho Bernardo, ayer, antes de partir, es una de las razones por las que estamos aquí tan tranquilos. – explicó cáustica una vez más Elisabetta.

– ¡Ma! ¡Que se vaya con quienquiera esa! – exclamó Lorenzo con un acento italiano extraño que había ya perdido hacía varios años.

– Lorenzo… ¿Qué ocurre? ¿Es que te importa esa mujer? ¿O es que te sientes un idiota? – preguntó celosa.

– ¡Por favor Elisabetta! ¡Ya! – exclamó fastidiado Lorenzo.

– Bueno… ya basta entonces… Esas son todas las “verdades”, creo que ya no hay más… –

– Eso espero… – dijo Lorenzo subiendo las cejas y tomándose el mentón con la mano

NOVELA “LA FAMILIA DE GIUSEPPINA” CAPÍTULO 16

Si no vives peligrosamente, no vives. La vida sólo florece en el peligro. La vida nunca florece en la seguridad. (… ) Cuando todo está yendo a la perfección, fíjate, te estás muriendo y no pasa nada. 

Osho (Proverbia.net)

 

Capítulo 16:  “Coincidencias” peligrosas

Mientras en la oficina de Bernardo sucedían sinfines de melodramas, en el aula taller de Santos se respiraba un ambiente de conquista. Dos adolescentes, en la flor de la vida, unidos por el destino, y, aunque no lo sospechan, por la sangre. 

Caballete de por medio, mientras pintaba, Domenica Agustina pensaba lo hermoso del momento que le estaba tocando vivir, se imaginaba a Santos corriendo los enseres de la clase a un costado y pidiéndole que sea su novia. Volaba en su imaginación, que se alternaba entre la inocencia y la picardía, entre la niña y la mujer. Se encontraba frente al caballete donde reposaba el bastidor sobre el que ella pintaba. Sus manos eran largas y frágiles, tomaba delicadamente los pinceles con la derecha, con la izquierda sujetaba la paleta de colores que parecía hacer juego con sus tonalidades naturales: sus ojos negros, sus pestañas y cejas color cobrizo, su pelo castaño brillante, su piel blancuzca, sus labios rosa pálido, su vestido marfil.

La envolvía un halo de paz, de serenidad, y el sol que entraba por una ventana le delineaba la figura.

Detrás del caballete, en diagonal, estaba Santos. Fiel reflejo de su padre, Lorenzo. Apoyado en el escritorio de maestro, de costado, casi sentado, dejaba colgar y pendular una de sus piernas. Cruzado de brazos, postura que ampliaba aún más su pecho y sus brazos. La mirada dócil, el gesto apacible pero masculino, contemplaba a Domenica como quien mira algo hermoso que se ha salvado de una tempestad. Ella se sabía observada, pero hacía de cuenta que estaba concentrada en su obra y que no estaba advirtiendo la mirada insistente de su profesor. Lo vivía como un halago. El, en su papel de enseñante, guardaba la compostura con dificultad, moría de deseo por besarla, pero a la vez, disfrutaba el no poder hacer otra cosa más que admirarla. 

– ¿Es que hay algo más hermoso que la conquista? – pensaba con regocijo Santos.

Domenica apenas movió la mirada hacia donde se encontraba su profesor y advirtió la expresión de Santos, cautivo. Le dedicó una pequeña sonrisa apenas subiendo la comisura de los labios y se sonrojó. El quedó inerte y evocando la prudencia y la mesura con que fue criado por su padre adoptivo, Bernardo, bajó la cabeza apenas, miró al piso y también sonrió levemente. No podía sostener una mirada y un gesto tan bellos. Ese gesto de continencia de Santos fue tomado erróneamente por timidez y Domenica esta vez lanzó una carcajada desmedida:

– ¿Y cuál es el motivo de su alborozo, señorita? – preguntó Santos en un marcado acento español.

– Bueno, su timidez me ha causado simpatía – dijo sincera Domenica.

– Pues… – Santos miró pensativo a un extremo del cielo raso del aula – ¿qué diría si le asegurase que mi gesto más que timidez ha querido mostrar mesura?-

– ¿Mesura? – preguntó extrañada la niña.

– ¡Pero claro! ¡¿O piensas que ante tan hermosa señorita un hombre como yo no podría perder la cabeza?! – replicó Santos.

Ahora la que se encontraba atiborrada de una timidez arrolladora era Domenica Agustina. Se sintió tonta por no comprender las cosas y se apenó.

– Bueno, bueno, no es para tanto… – dijo sonriendo el profesor y sonrió. Domenica retomó la pintura y, luego de un largo rato de silencio conversaron acerca la vida de Santos en España.

– ¿Cómo era tu vida en España? – preguntó Domenica Agustina.

– Era una vida muy especial. Nunca tuve la vida de un niño corriente, dado que mis padres son artistas, a pesar de tener residencia fija en España, viajábamos mucho y he conocido lugares maravillosos y gente de toda clase, algunos muy extraños. Mi madre me impartía clases de pintura y escultura, y, de historia del arte, aprendí en forma cuantiosa por mi padre, que, en realidad es mi padrastro, pero eso, es harina de otro costal. – 

– No, no, por favor, quiero saber de ti, cuéntame – se demostró interesada Domenica.

– Bueno, pero tú continúa con la labor, sino, no te hablaré más…– sonrió y prosiguió – Mi madre quedó viuda cuando yo era aún muy pequeño y luego conoció a Bernardo, se casaron y me reconoció como hijo legítimo. Fin de la historia –

– ¿Y cómo era tu padre? ¿Cuál era su nombre? – insistió la joven.

– Mi padre, según las reiteradas descripciones de mi madre, era similar a mí, o mejor dicho, parece ser que yo soy su fiel retrato. Su nombre era Lorenzo, y eso es todo lo que sé, ya que mi madre no quiso revelarme su apellido por respeto a Bernardo – 

– ¿Lorenzo? igual que mi padre, ¿Y era español? – preguntó Domenica.

– No, era italiano – 

Respondía con paciencia Santos a las preguntas incesantes de Domenica. Ella, ávida de conocimiento sobre la vida de Santos, se comportaba irreverente. 

– Bueno, hasta aquí llegamos, ha sido una agradable tarde, ¿no lo crees? – miró Santos a Domenica esperando respuesta.

– Sí, por supuesto, hermosa… – Domenica Agustina desplegó una enorme sonrisa que dejó entrever su felicidad.

– Me gustaría que algún día puedas venir a cenar en mi casa con mi familia – le propuso Santos, tratando de crear un vínculo fuera de las clases y, que a la vez, le sea permitido a Domenica por sus padres.

– Pídele permiso a mi madre, ella está esperándome aquí –

– Bueno, vamos… –

Caminaron hacia la oficina de Bernardo en silencio. Domenica Agustina estaba ansiosa. 

Se abrió la puerta:

– Permiso padre – dijo Santos asomando apenas la cabeza.

– Sí, adelante hijo, pasa… estamos conversando aquí con Emiliana – explicó Bernardo como en falta.

– Mama, Santos quiere preguntarte algo – se dirigió así Domenica a su madre.

– Señora Emiliana, quería invitar a su familia a cenar un día de estos a mi casa, estaría muy complacido con su aceptación porque hemos creado con su hija una excelente relación – expresó muy cortés y formal Santos.

Ante tanto respeto y circunspección, Emiliana no tuvo más remedio que aceptar.

– Bueno, sí, un día de estos entonces… – afirmó así vagamente sin fijar día o fecha.

Pero el compromiso estaba ya planteado y tomado, solamente el paso de los días dictaría el curso de los acontecimientos.

Ya en la calle, Domenica Agustina estaba feliz. Su madre lo notaba pero trataba de restar importancia siendo ficticiamente indiferente. Emiliana no podía imaginarse sentada en la misma mesa que Elisabetta, pero tampoco podía pronunciar ni un céntimo de la verdad a su hija. No quería que sepa que su padre había tenido una amante, y mucho menos que, por ella, casi abandona a sus dos hermanas mayores. También meditó por un momento en la posibilidad de ser la consuegra de Elisabetta y que Lorenzo también lo sería. ¿Qué haría? Luego se pensó en la mesa con Bernardo y no pudo resistir imaginarse con él a solas y sus hijos, borrando en sus fantasías a Lorenzo y a su ex amante. Pero rápidamente ahogó sus cavilaciones grotescas y estrafalarias y decidió dejar que el tiempo le de las respuestas.

Domenica, al darse cuenta del estado abstraído de su madre, no hizo preguntas y la observó de reojo por unas cuadras. Luego se decidió a hablar:

– Mama, ¿Qué te pasa? ¿Es que no te gusta Santos? ¿Te cae mal? – preguntó preocupada y triste.

– No querida, no es eso, solamente que… – e inventó una excusa rápida – no sé si tu padre verá con buenos ojos que a tus 16 años estés noviando con tu profesor  – respiró aliviada, era la improvisación justa para terminar con el asunto.

– Mama, él tiene 17 años, no es un hombre mayor, además, ni siquiera me ha besado – explicó con desenfado Domenica subiendo las cejas y gesticulando con sus hombros hacia arriba.

– ¡Domenica Agustina! ¡Compórtate! –  abrió los ojos enormes y se escandalizó Emiliana, siguiendo con su actuación evasiva.

– Sí, mama – exclamó enfáticamente hastiada Doménica Agustina.

Emiliana estaba pasando por unos de los momentos más incómodos de su vida. ¿Le contaría a Lorenzo quién era la esposa de Bernardo? ¿Cómo reaccionaría Lorenzo? Temía que su esposo le prohíba llevar a Domenica Agustina a las clases de pintura ante la noticia de la aparición de Elisabetta, dejando a su hija hecha trizas y, a ella misma, también. Después de todo, ella pasaba por la misma situación que su hija, estaba enamorada de Bernardo.

Luego, pensó en dejar todo como estaba y permitir la situación de enfrentarse todos de improvisto el día de la reunión, pero después cayó en la cuenta de que Elisabetta no posibilitaría eso, siempre y cuando, esté en sus intenciones evadir a Lorenzo. Pero, ¿y si Elisabetta estaba interesada en Lorenzo?

Quitando las angustiosas consecuencias para sus hijas, por un instante, Emiliana pensó en la beneficiosa situación: – Lorenzo me deja, huye junto a Elisabetta y quedo libre para recomenzar con Bernardo –. Pero, ¿Bernardo querría? 

Así de enmarañada era la forma de pensar de Emiliana, así de insegura, así, como siempre lo había sido…