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NOVELA “EL NAUFRAGIO” (La historia de unas cuantas verdades falsas)

Capítulo 7 (último capítulo)

 

Verdad falsa número 7:

Aprendo de mis errores

 

 

Unas semanas después de toda esta revolución interna y externa, luego de varias charlas en las que trató de persuadirme primero, por las buenas, diciéndome que me amaba, y luego, por las malas, amenazándome con que me iba a sacar “hasta las ganas de comer”, que me iba a mandar a golpear por “matones”, para más tarde, victimizarse llorando, literalmente “tirada” en el sillón del living diciendo en forma lastimosa que no tenía ya más ganas de vivir. Luego de todos esos intentos característicos de Malena, por supuesto, yo no esperaba menos, se dio por vencida y me dejó ir en paz apenas logré conseguir un pequeño departamento cerca de mi trabajo. Una vez instalado allí, en un humilde mono ambiente, decidí comunicarme con Sofía. Por un lado sentía muchas cosas por ella aún, no sabía bien si era amor verdadero o tal vez, la idealización de un amor adolescente, las reminiscencias de una época dorada o mis deseos de huir de la vida rutinaria que me había conseguido en los últimos años. Luego de varios intentos a diferentes horas del día, sin tener suerte de que me atienda el celular, decidí desistir. No sabía si me estaría evitando, o, tal vez, habría pasado algo con el aparato. 

 

Seguí así mi vida con la mayor normalidad posible, iba a trabajar, volvía, miraba televisión, leía algún libro, visitaba a mis padres, reconstruí lazos con algunas viejas amistades, pero, en el fondo, estaba disconforme, sentía un vacío. Una tarde de domingo, cuando me disponía a salir para encontrarme con unos amigos que tenían una banda de Jazz, tratando de continuar con mi vida, suena mi teléfono celular. Obviamente, como no podía ser de otra forma, cuando estaba haciendo algo para levantarme, volvía Sofía y con solo una palabra volvía a hacerme tropezar, si no, a caer. Atendí, porque, en el fondo, en palabras de Vein, necesitaba su “conflicto”. Ella alimentaba eso que me mantenía activo, me llevaba a ese lugar de incertidumbre, que, aunque con cierto dolor, yo buscaba tratando de volver a un pasado en el que pensaba había sido feliz.

-Hola- dije y… esperé.

-Hola, Mariano?- una voz diferente, era una mujer, enseguida supe que se trataría de Gala seguramente.

-Si…-

-Mariano, te pido por favor que dejes en paz a Sofía, soy su pareja. Ella no te quiere ver ni hablar, espero lo entiendas por las buenas- y cortó la comunicación, dejándome boquiabierto.

 Ese “espero que lo entiendas por las buenas” llevó directamente mi pensamiento hasta Malena. Eran así todas las mujeres o el destino me ponía en frente a la misma clase de mujer trastornada y amenazante por alguna morbosa razón. Obviamente, luego, mi analista quitó la palabra “destino” de la oración y la reemplazó por la palabra “elección”, mía, por supuesto, aunque esta vez, no estuve tan de acuerdo, al menos en parte.

 El lunes cuando salí del trabajo, caminé, como cada día para volver a casa, hasta la parada del colectivo, pero ese día me detuve en el lugar donde me había encontrado a Sofía el día de “El Naufragio”. Lamentablemente, no tuve suerte esta vez. Miré insistentemente, caminé de un lado hacia otro, repitiendo el camino varias veces. Cuando tomé conciencia de lo que me había llevado a hacer quizás la desesperación, la intriga o el impulso instintivo, quién sabe, me encontré parado en el medio de una vereda de la capital buscando el rostro de Sofía entre la gente. Yo, que tendía a pensar racionalmente y hubiese tildado de loco, fantasioso o estúpido a cualquiera que hubiese hecho algo así, buscar a una persona en la multitud, hablarle a alguna fuerza invisible pidiéndole que por favor me la cruce en mi camino, el escéptico! Yo! Ese día, me encontré a mi mismo hurgando en la nada misma los vestigios de una ilusión que al fin y al cabo, solo vivía en mi mente. 

Esa semana estuve muy vacío de sentimientos, me comporté como un autómata, hasta que el viernes al volver del trabajo tuve un destello de “iluminación”. Recogí los “pedazos de dignidad” que me quedaban y, como si me hubiese caído un rayo encima, sentí que debía desaparecer. Pensé en las cosas que realmente necesitaba y en las que eran inútiles en mi vida, por lo me despojé de casi toda posesión material, hecho simbólico que tal vez representaría el desprendimiento emocional de un pasado poco feliz. Apenas seleccioné unas ropas y algunas cosas personales. El resto de mis pertenencias, las fui poniendo en bolsas y le pedí a mi padre que las pase a buscar con su auto. Llamé a mi madre que estaba desesperada por las “locuras” que yo venía haciendo, “locuras” en sus términos, por supuesto. Le dije que haga lo que quiera con todas las cosas que le di a papá, porque ya no las necesitaba. También le conté que me dieron ganas de hacer un cambio en mi vida y que lo iba a llevar a cabo pase lo que pase. Mi padre que aún estaba conmigo recogiendo las bolsas para cargarlas en su auto sonreía mirando al piso, era cómplice de mi necesidad. 

Cuando terminamos de vaciar el departamento me dio un abrazo y me deseó que fuera feliz. Lo único que me pidió es que lo llame para hacerlo saber que estaba bien, de mi madre, se encargaría el mismo.

Con una mochila y un bolso de mano salí para la terminal de Retiro, ya estaba decidido, me iba para el sur.

Una vez en la terminal saqué un boleto de ómnibus con destino a Neuquén, Villa La Angostura. Debía esperar dos horas hasta la partida, por lo que me fui a tomar un café. Sentado en el bar de la terminal, jugando con el sobrecito vacío de azúcar que había usado, me encontré sonriendo solo, y, con la sensación de estar recuperando mi esencia natural, de a poco, volvía a ser yo mismo.

El viaje fue largo, cansador, pero, no me preocupé por nada. Disfruté cada hora, cada minuto, y me recordaba a mi mismo cada tanto que no tenía horario a respetar.

Ya en el destino, busqué durante varias horas un lugar donde quedarme, y encontré finalmente una hostería a un buen precio, por lo menos, podría estar allí un tiempo hasta encontrar qué hacer con mi vida.

Hablando con la dueña de la hostería, me aconsejó que me acerque hasta Bariloche, a pocos kilómetros de ahí, ya que conocía unas personas que tenían un hotel y tal vez, por lo que ella tenía entendido, necesitarían un bachero. Y así fue, me dispuse a viajar hasta allí en busca de “un destino”.

Una vez en Bariloche, caminé por el centro hasta el lugar indicado por la dueña de la hostería de Villa La Angostura. Mientras caminaba pensaba lo libre que era, gozaba de una sensación de paz interior y tranquilidad por saber muy dentro mío que estaba haciendo algo por mí mismo. Una chica, parada en una esquina, repartía papeles con publicidad. Estiró la mano, me ofreció uno, y cuando lo tomé me dijo:

-Muchas gracias…- fue tan dulce que no pude resistirme a encontrar alguna excusa o pretexto para comenzar a hablarle.

Un momento después la conversación era amena y sentía que la conocía desde antes. Como debía irme en búsqueda del hotel, y ella, continuar trabajando, me despedí pidiéndole un teléfono para poder llamarla y verla en alguna oportunidad. Cuando giré para seguir mi camino, escuché:

-Mariano! Llamame, eh? No te vas a escapar, no?- su tono me heló la sangre. Era una de “esas”. Me gritó, me interrogó y me presionó. La miré con sorpresa y asentí con la cabeza mientras caminaba. Esta vez Vein, no podía ayudarme, estaba lejos, ya muy lejos en el pasado, pero, mi predilección por las mujeres autoritarias, posesivas y conflictivas estaba intacta…

Caminé un poco más, me impresioné de mi mismo, eché una carcajada histérica y seguí con mi vida. Esta es la historia de la época en que cambié pero no… FIN

 

 

NOVELA “EL NAUFRAGIO” (La historia de unas cuantas verdades falsas)

Capítulo 6

 

Verdad falsa número 6:

Desde ahora, enfrentaré los problemas

 

 

Malena volvió de la maratón estética del sábado tranquila y renovada. Yo, por mi parte, estaba hecho un trapo de piso.

-Qué te pasa Mariano?- dijo mi esposa observándome aún sin quitarse la cartera del hombro.

La imagen debería ser patética desde el ángulo de la puerta por donde entró Malena. El sillón, yo, desparramado en él, a medio vestir, como había quedado después de bañarme, el departamento con una luz tenue porque ya estaba cayendo la tarde y no me había movido para prender ninguna lámpara, y un silencio de tumba ya que tampoco había ningún aparato encendido. No atiné a contestar nada. Estaba realmente en trance. Cuando hablé hasta yo mismo me sorprendí de lo que dije:

-Malena, quiero el divorcio- pronuncié estas palabras sin mover un músculo del cuerpo ni hacer un mínimo gesto con mi cara.

Malena dejó caer su cartera al piso, su rostro se desfiguró, y como un toro enfurecido vino hacia mi a los gritos:

-Pero vos estás loco! Quién es! Decime! Dale! Con quién me estás engañando!-

Era lógico lo que decía, de todos modos, no esperaba otra reacción de su parte. Malena era básica y predecible.

-Malena, quiero estar solo, necesito espacio, pensar, aclarar lo que me pasa. Y vos, hoy, me planteaste tener un hijo. Supongo que fue porque intuiste que yo estaba raro y con eso pensás que vas a poder arreglar algo. Pero creo que este matrimonio, como todo lo que he hecho en los últimos años de mi vida, ya no tiene demasiado sentido-

Y así, firmé la sentencia de muerte del matrimonio con Malena. Hasta allí había llegado. Y no había sido una decisión repentina, este hastío se viene gestando hace mucho tiempo y el reencuentro con Sofía, lo único que hizo, fue activar mi crisis de conciencia. “El Naufragio” ya estaba llegando a un punto de inflexión.

Días después, hablando en mi sesión de análisis, caí en la cuenta de que lo que había hecho, en realidad, fue huir de Malena, huir de su propuesta de tener un hijo y de su mundo estructurado de falsas sensaciones de estabilidad, que antaño me habían resultado útiles pero que cumplieron su ciclo, la época “Malena” ya había terminado. De todas formas, volví a huir de los problemas, como cuando la conocí y me apoyé en ella para poder salir de la depresión que me aquejaba ubicándome en un lugar cómodo haciendo lo que ella me otorgaba sin cuestionar nada.

También me di cuenta que evadí a Sofía. Le corté el teléfono en lo más interesante e importante de la conversación, cuando me estaba contando su verdad y sentimientos. Supuse que me iba a pedir algo, y tal vez, solo necesitaba hablar con alguien, y en este momento tan trascendental de su vida, aparecí yo, el destino nos puso a ambos en los caminos de cada uno. Después de todo, a mi me hizo dar un puntapié inicial, y yo… qué hice por ella? Asustarme y cortar el teléfono. ¿Y si sólo quería que la acompañe en esta etapa? ¿Y si sólo fui el disparador para que admita que su relación con su pareja estaba caduca? ¿Y si sólo fue eso y yo pensé que me quería hacer “semental” solo porque su necesidad coincidió con la de Sofía y la prejuzgué?

Demasiados cuestionamientos… dudas… miedos… revanchismo… cobardía…

Ahora, debía enfrentar a mi madre. Hacía casi una semana que había planteado a Sofía el tema de la separación y el jueves siguiente al fin de semana de “súper acción” fui a tomar unos mates a lo de mi mamá después del trabajo. Cuando llegué y ya estábamos allí, los dos solos, hablando tranquilamente de cosas intrascendentes, sentía que no podía decirle la verdad. No tenía ganas de escuchar la catarata de preguntas, opiniones, cuestionamientos de mi madre cuando yo hacía algo que ella no quería. Decidí esperar a que llegue mi padre, él siempre fue muy comprensivo, y ante la “buena nueva” que traía yo ese día, de seguro, iba a tenderme una mano tranquilizando a su esposa, mi madre. Dos largas horas después, mi cabeza era un hervidero. Por un lado mi mente trabajando a dos mil revoluciones por segundo con el tema del divorcio y, en paralelo, seguir la conversación de mi madre que es una máquina de crear temas en forma sucesiva, uno tras otro. Por suerte, llegó mi padre, y al rato de charlar algunas banalidades, les dije en tono preocupado, casi actuando e impostando la voz:

-Me separé de Malena- y miré mis manos entrelazadas sobre la mesa.

-Cómo!- dijo mi madre abriendo los ojos de par en par.

-Yo sabía hijo, yo sabía… esa chica no era para vos. Dentro mío, siempre lo supe. Gracias a ese matrimonio perdiste la alegría, las ganas de vivir, todo te daba lo mismo. Pero, claro, yo no podía hacer nada, más que esperar. Y como siempre digo, el tiempo da las respuestas. Como la fruta cae del árbol cuando ya está madura, las cosas que hacemos y vivimos cuando cumplen su ciclo, se extinguen- Y así papá en tono cálido y amable, mi querido viejo, puso la nota de paz que necesitaba para mi alma perturbada.

Ante esto, mi madre, como quien se sabe perdedor y derrotado dijo:

-No tengo palabras. Dónde vas a conseguir otra chica como Malena?- ante mi silencio y la expresión jocosa de papá hizo un intento más, casi sin esperanza- Hijo, yo sé que siempre fui, digamos, dura con vos, traté de apuntalarte, marcarte el mejor camino, pero, siempre, siempre, lo hice por tu bien. Ya, por lo que veo, es una decisión tomada. Evidentemente, la gente no cambia, tu esencia fue siempre igual, desde chiquito se te veía. Siempre pensé que este mundo es difícil para gente como vos, idealista, libre, y por ello, traté de que te encamines en otro sentido, para que puedas adaptarte, pero, como todo lo forzado, termina saliendo mal. No soy tonta, nunca vi el brillo en tus ojos al mirar a Malena, como sí lo supe ver cuando estabas con Sofía, pero, qué más podía hacer yo? Dejarte que te choques contra una pared? Sofía hubiese hecho de vos un don nadie, un inadaptado, con esas ideas libertinas que tenía, que, reconozco, te hacían feliz en su momento, pero no te iban a dar de comer…-

Fue literalmente “una de cal y una de arena”. Me dio lo que esperaba, tal como “lo hice por tu bien” y, otras que no imaginaba como “tu esencia fue siempre igual”. Mi madre dejaba ver otra faceta desconocida hasta ese día para mi: conocía mi esencia, mi ser, mi carácter y mis deseos. Si bien, no la enfrenté a solas por miedo, aunque, no sé cómo hubiese reaccionado si mi padre no se hubiese despachado con semejantes palabras de amor y contención, digo, si bien no la enfrenté, todo estaba ya en la superficie, a la luz.

Esa noche, al acostarme, esta vez en el sillón del living del departamento, un poco por respeto a Malena siendo coherente y otro poco porque no quise enfrentarla en la cama y generar ninguna situación incómoda de confusión, me quedé pensando en lo que estaba sucediendo y haciendo un mea culpa, repasando mis conversaciones con Vein, concluí que debía cambiar la forma de ver los obstáculos en la vida, bajar el miedo, la ansiedad e intentar resolver las cosas por mi mismo…       

 

 

 

 

NOVELA “EL NAUFRAGIO” (La historia de unas cuantas verdades falsas)

Capítulo 5

 

Verdad falsa número 5:

Existen las casualidades, el azar y las coincidencias

 

 

Llevaba varias sesiones con mi querido “allanador de caminos”, el doctor Vein. En realidad no era doctor, pero me gusta llamarlo así. Seguíamos dilucidando cuantiosas cantidades de hechos de mi pasado que habían marcado mi alma y direccionado la vida. Aunque con el analista no usaba la palabra “alma”, hoy puedo decir que así está muy bien expresado lo que quiero decir. Estaba haciendo progresos a pasos agigantados en mi colapso psicológico y comenzaba a evidenciarse cierta luz sobre todas las situaciones actuales de mi vida. Sofía no me había vuelto a llamar y yo, tampoco. No significaba que no tuviese ganas, pero era como el Juego de la Vida, adelantaba un casillero con el analista y si la llamaba, retrocedía tres pasos con tan solo escuchar su voz. No era esto por vanidad ni orgullo, más bien por precaución, porque ella me podía, solo verla me ponía en estado comatoso mental. Sin embargo, en el fondo, estaba disfrutando no llamarla y llevar la delantera en el juego de tira y afloje, bueno, después de todo, sí que había orgullo y vanidad, y siempre, en forma subyacente, la eterna lucha de poder. Malena, por su parte, había quedado un poco resentida con la discusión aquella en la que me quedé en silencio y le pedí lo mismo a ella, y desde aquel entonces la noté dubitativa, cosa rara en ella. Luego, cuando supe, de sus propios labios, los motivos del silencio, se dejó ver que tanto no me equivocaba, tenía dudas, y así las planteó:

-Mariano, a vos te pasa algo?- preguntó una tarde de sábado en casa, mientras se preparaba para ir a su ritual visita a la peluquería.

-Algo? Cómo qué?- aunque intuí por donde venía la pregunta, me hice el desentendido.

-No sé… estás distinto… como más… se te ve mejor…- dijo ella colgándose la cartera en el hombro para irse.

-Puede ser… no sé Malena…- dije con una naturalidad fingida, como para que se vaya acostumbrando a este “nuevo yo”.

-Sabés qué estuve pensando Mariano?- se paró ella frente a la puerta agarrando el picaporte con una de sus manos y casi saliendo dijo – Tendríamos que tener un hijo- Abrió la puerta, salió y se fue.

Después de semejante barrabasada, y con perdón de Barrabás porque no sé si hubiese dicho algo así con esa soltura, se va! Cerrando la puerta literalmente en mi cara desencajada! Me dejó una granada en las manos sin el seguro, que por supuesto, se lo llevó ella. Tiró así nomás la idea, como quien habla de comprar un mueble o cambiarse el color de pelo. En ese momento recordé las palabras del analista, “relájese”. Respiré, traté de serenarme y comencé a repasar lo que había hablado con él: mi madre, Sofía y Malena. Yo no deseaba tener un hijo, por lo menos por ahora, y menos con Malena! Justo ahora sale con esto! Después de quince años de casados… no, esto no es una coincidencia, esto es por algo. Seguramente esté intuyendo algo en mi comportamiento y se quiere asegurar que yo no me escape a ningún lado, por eso quiere un hijo, seguro! Claro!… Y mientras mi eufórica mente pensaba historias escabrosas sobre las intenciones de mi esposa, en el medio de mis obscuras y conspirativas cavilaciones paranoicas, suena mi celular. Miré el aparato, que hizo las veces de despertador de mi pesadilla lúcida, y era ella, Sofía.

-Puta madre!- pensé.

No era momento para atenderla, estaba confundido, angustiado, me atrevería a decir diezmado por el planteo de Malena. Otra vez me desmenucé en veinte partes y me sentí perdido. Me paré y fui al baño, decidí pegarme una ducha y mientras pensar. Malena se pasaba toda la tarde en la peluquería, por lo menos, usualmente, unas tres o cuatro horas. Tenía tiempo más que suficiente para responder, si así lo decidiera, a Sofía. Aproximadamente, una hora después, hice el llamado. Me temblaba el cuerpo, me latía rápido el “Corazón Delator”:

-Hola Sofía? Me llamaste?-

-Hola… sí… necesito verte, podés?-

-Sofía, no me podés llamar a cualquier hora de cualquier día, sabés muy bien que soy casado- le aclaré antes de empezar a hablar.

-Bueno, empezamos mal…- Sofía se pronunció fastidiada.

-Tengo solo dos horas disponibles, vos en dónde estás?- le pregunté.

-No, estoy lejos, vivo a una hora de la capital, hasta que llego…- dijo desilusionada.

-Bueno, decime entonces, tengo dos horas, y al teléfono es bastante tiempo- dije en tono sereno.

-Pasa que estoy mal, el otro día, cuando nos vimos, y me dijiste que me amabas…- se hizo un silencio.

-Y eso… fue novedad para vos?- pregunté como quien pregunta una obviedad.

-En cierto modo sí. Pensé que me habías olvidado, que era solo parte de tu pasado. Cuando nos peleamos yo…- y la interrumpí:

-Cuando me dejaste, mejor dicho- repliqué.

-Bueno, sí, en ese momento, yo no sabía bien lo que sentía. Unos años después, más madura y con otra forma de ver las cosas, tuve la necesidad de volver a verte, y cuando llamé a tu casa, tu mamá, me dijo que te habías casado-

-Nunca me dijo que llamaste- Si esto era verdad, porque en ese momento ya no sabía nada de nada ni confiaba en nadie, mi madre había decidido por mi, y todos estos años de auto convencimiento que pasé teniendo una vida como la que tuve, tal vez, no hubiesen existido si no se hubiera metido contestando por mi, tomando el poder en la situación, respondiendo por su hijo como si aún tuviese siete años.

Sucede también que, mi madre, además de haber sido dominante y opresora, tenía un sin sabor con el tema de Sofía, o, para decirlo más directamente, no la podía ver. Decía que era una mala influencia para mi, que me llevaba por mal camino con sus ideas libertinas y una altanería que mi madre no soportaba. En realidad, lo que no soportaba de ella, por lo que sé ahora, es que se reflejaba en Sofía, competían por el mismo hueso, o sea, yo. Diferente fue la situación cuando conoció a Malena, porque esta, con tal de caerle bien a la suegra y casarse conmigo estaba dispuesta a dejarse pisotear lo que fuese necesario, cumplir órdenes desagradables o hacer el papel de nuera sumisa. Cuando Malena tenía una meta, nada la frenaba, y ella en ese momento, quería a toda costa formar una familia. Luego, su trabajo le hizo desistir de la idea de tener hijos, y en parte también, el ejemplo de su hermana, que había engordado unos cuantos kilos y nunca los logró bajar, cosa importantísima para mi esposa, que compartiendo la misma genética, no estaba dispuesta a renunciar a su cuerpo extremadamente cuidado. Explicaciones aparte, sigo con la conversación con Sofía:

-Mirá Sofía, yo no sé qué decirte con respecto al pasado…-

-Mariano, hay algo que necesito decirte, algo que empezó en esos años en que estuvimos juntos y que sigue atormentándome hasta hoy-

Repentinamente me subió un calor espantoso que me recorrió el torso y me hizo transpirar hasta el cuero cabelludo, y pensé: qué más!

-Mariano, yo… en aquellos años… hace veinte años…- hizo una pausa- te dejé porque me enamoré de otra persona-

Sentí que el mundo se me caía encima. Viví todas las sensaciones como si aún estaríamos en aquel año, en aquel momento. Mi corazón se estrujó de dolor. Todos mis sentimientos estaban como actualizados, más vivos que nunca, o que siempre… Ante mi silencio, Sofía continuó:

-Y esa persona, me mostró algo nuevo y diferente. Me hizo sentir cosas que jamás había experimentado, no era solo una cuestión de un nuevo amor o la novedad de lo recién conocido. Me llevó a otro nivel de comprensión interna, ella fue… simplemente… distinta…-

Distinta?- pensé.

-Mariano, te conozco, y sé lo que estás pensando, además, tu silencio lo dice todo. Ella cambió mi vida, mi forma de pensar, de sentir y de ver las cosas. Dejé de ser tan absolutista, fundamentalista y me abrí a un pensamiento superior, más amplio-

-Pero, Sofía… no entiendo…-

-Ella era una mujer, es una mujer, aún vivo en pareja con ella…-

Jamás hubiese imaginado que Sofía… bueno, pensándolo bien, siempre tuvo la mente abierta y estuvo siempre predispuesta a experimentar cosas nuevas. No, pensándolo bien, no debería sorprenderme.

-Y qué querés con todo esto? Desahogarte?- pregunté.

-No sé… en realidad… voy en busca de algo superior esta vez en mi vida, hace casi dos décadas que formalmente vivo junto a Gala, pero ahora, siento la necesidad de trascender… quiero ser madre-

En ese instante, me estalló la cabeza. Resonaba en mi interior la voz de Malena, después de quince años de matrimonio! planteando la posibilidad de ser padres y ahora, Sofía! Declaradamente lesbiana viene en mi búsqueda por un deseo… ¿frustrado? Por una donación de “algo”? No, esto no podía ser verdad, esto no se podía plantear como una coincidencia o casualidad, esto debía tener un por qué, tendría que tenerlo.

-Sofía… me diste demasiada información y yo no sé qué tengo que ver en todo esto. Cómo te puedo ayudar… no sé-

-Necesito verte, me tenés que ayudar- dijo ella firme y con calma.

-Tengo que cortar Sofía, te llamo… chau…-

Corté, me desplomé en el sillón, dejé caer el celular sobre un almohadón y mirando el techo de mi departamento pintado en colores pastales, por gusto y elección de Malena, me hundí en pensamientos…

 

 

 

 

 

NOVELA “EL NAUFRAGIO” (La historia de unas cuantas verdades falsas)

Capítulo 4

Verdad falsa número 4:

Las mujeres de mi vida me hacen bien

 

 

Siempre pensé que había sido un niño rebelde. Ahora, mirando a la distancia, creo que los niveles de rebeldía a los que uno puede llegar se deberían medir según la cantidad de represión que rodea a la persona. En un ambiente altamente limitante y castrador, cualquier tipo de cosa, por mínima que sea, es considerada un atentado contra la autoridad, no hay que realizar grandes esfuerzos ni actos destacables de desobediencia para ser tildado de libertino, rompe esquemas y obstinado. En mi hogar de la infancia, expresar una gran carcajada, tirarse al piso a dibujar o escuchar los dibujos animados a alto volumen era toda una hazaña. Vuelvo a cavilar… mirando hacia el pasado… me pregunto si mi madre, muy en su interior, pensaría o sentiría que ser feliz estaba prohibido. Ya entrado en la pubertad, conocí gente, fui a sus casas, compartí mesas con sus familias, y todo ello, al ser comparado con mi hogar, lugar altamente asfixiante, hizo que se despierte en mi, por contrapartida, un gran espíritu de rebeldía. Mis años de adolescencia fueron esplendorosos, dorados, perfectos. Me sentía libre y expansivo. Y, en aquel tiempo de algarabía, para cerrar el círculo perfecto, apareció ella, Sofía. Haciendo paralelismos, puedo ver hoy día que ella tenía muchos rasgos en su personalidad característicos de mi madre, pero que en ese momento, obviamente, no lo advertí. Ella era todo lo que yo quería y soñaba, era rebelde, iconoclasta, vanguardista, despotricaba contra el statu quo, y además, me parecía hermosa, no porque fuera perfecta físicamente según el estándar de belleza establecido, sino porque su personalidad la hacía mostrarse segura, y a esas personas, las vemos bellas. Me puse a reflexionar un momento sobre ello, y pensé en varios ejemplos de personas que no son físicamente atractivas pero su personalidad avasallante o con alguna característica o rasgo distintivo, que se plantan en la vida con ese aire de “aquí estoy yo”, indefectiblemente, las vemos atractivas, dejamos de observar sus defectos físicos, para pasar a admirar un “aura”, (“aura”?), digamos, aura… no sé… cautivante… Pero… volviendo a Sofía. Lo que no descubrí en su momento, por una obvia falta de experiencia, es que todos los rasgos de visible rebeldía que ella mostraba venían, como suele suceder, acompañados de altos niveles de autoritarismo. Una persona debe ser muy sabia para poder tener un espíritu libre y contestatario sin caer en deslices de soberbia, arrogancia y abuso de poder, este último, en el caso de que arrastre a otros tras de sí con su persuasión y carisma, por cierto, este era el caso de Sofía. Hoy puedo decir, que cuando ella apareció en mi vida, regresó a mi mundo personal la limitación, el miedo y la inquietud. Por un lado estaba feliz porque estaba a mi lado, compartíamos todo y me sentía enamorado por primera vez en la vida. Pero todo ello tenía otra arista, una más obscura, que no pude ver en su momento. Es muy claro que había vuelto al viejo esquema de mi infancia: la figura femenina dominante, ante la cual, cualquier cosa que yo hiciese se vería como un gran acto de rebeldía. Acostumbrado a manejarme dentro de esos parámetros, de la única vida que conocí, paradójicamente, “el conflicto” era mi zona de confort, mi “seguridad”. Todas esas cosas, esas ideas de querer vivir “tranquilo” eran solo dictados de una mente racional. Mi inconsciente, formado bajo una crianza de pugnas de poder y restricción, muchas veces implícita, disimulada, me llevaba a elegir, “azarosamente”, entre tantas, a la mujer que me haga sentir, justamente, “como en casa”, es decir, conflictuado, reprimido, asfixiado y con el deseo de libertad, dentro mío, latente, y, la rebeldía como el ideal perdido. Con la ayuda de mi analista, Vein, llegué a estas conclusiones, y a muchas más, que se van desprendiendo como hilos de una tela deshilachándose. Y como todo lo que se deshace, pasa por un proceso de destrucción. Si se quiere, yo, por mi parte, estaba atravesando eso mismo, un tipo de crisis de identidad, una escisión, un desarme de mi yo. Todo esto, obviamente, acompañado por el dolor de descubrir las verdades ocultas de mi vida, sacando a la superficie una tras otra mis fallas, falsedades, debilidades, heridas narcisistas atacando mi estructura mental, en fin, “El Naufragio” estaba en su esplendor. Pero, prosigo con el tema.

Luego de que Sofía me dejara hecho trizas tras abandonarme luego de 5 años de noviazgo, estuve un largo tiempo solo, hasta que conocí a Malena. Ella era la antítesis de lo que yo hubiese elegido un tiempo atrás, es decir, el polo opuesto a Sofía. También difería muchísimo el contexto en el que la encontré en la vida. Cuando pude asomar un poco la cabeza a la superficie, después de salir del pozo en el que me había dejado el desengaño amoroso de mi único gran amor, reinicié mi vida empezando por buscar un trabajo tranquilo y común, aquel que se espera de uno para que lo vean “bien integrado” a la sociedad. Un amigo de la secundaria me avisó que buscaban gente en la empresa en la que trabajaba su hermano, y le di mi Currículum Vitae. Un mes y pico después estaba trabajando en la multinacional en la que hoy trabaja Malena, y allí nos encontramos, en ese contexto, en ese ambiente de oficinas correctas y sistémicas, como me gusta llamarlas a mi. Allí todo respondía a una realidad casi perfecta en apariencia, gente pulcra, ordenada, a la moda, con buenos salarios y vacaciones pagas. Luego de muy poco tiempo de conocernos en el comedor de la compañía, Malena y yo estábamos saliendo como “novios” y aunque, confieso, no la amaba como a Sofía, la consideré una buena mujer como para tener al lado. Alguien como yo, en esa época, necesitaba estabilidad, apuntalamiento y tranquilidad. En aquellos días me sentía perdido y mi espíritu rebelde pagó las consecuencias, porque lo asocié a mi adolescencia y a Sofía, y, por ende, a todo lo que me había hecho sufrir. Malena traía el cambio, era la gran estaca rectora sobre mi espalda, transmitía seguridad, era alguien en quien podía apoyarme, además, me daba esa vida “adaptada socialmente” que mi madre siempre esperó de mi, no así mi padre, un hombre conciliador, que siempre me dio palmaditas en la espalda, esperando a que madure al compás del tiempo. Y así, un buen día, Malena y yo, nos casamos. La convivencia me mostró todas las fases abiertamente autoritarias, controladoras e insoportables de ella, pero por otro lado, me brindaba el marco de referencia que no sabía encontrar solo en la vida de un “adulto”. Al tiempo de casarnos, tuve que abandonar el puesto en la empresa, porque no permitían que ambos estando casados trabajemos allí, y como ella tenía más antigüedad que yo y ganaba más dinero, el que renunció fui yo. Por un contacto de ella, (obviamente no dejó pasar ni dos segundos desde que renuncié buscándome qué podía hacer en mi nueva situación de desempleado), entré a trabajar en una obra social, en la parte administrativa de autorizaciones, y hasta el día de hoy, permanezco allí. Es un trabajo totalmente desmotivador, pero me da de comer y a las cinco de la tarde soy libre. Sí, volví a usar la palabra oculta bajo siete llaves: libertad. Entonces, para concluir con lo narrado, el asunto era que Malena era el fiel reflejo de mi madre pero a la enésima potencia…  

 

 

 

NOVELA “EL NAUFRAGIO” (La historia de unas cuantas verdades falsas)

Capítulo 3

Verdad falsa número 3:

Lo pasado, pisado

 

Demás está decir que esa noche no probé bocado. Le dije a Malena que me sentía mal del estómago por algo que había comido en el trabajo. Después de una madrugada con muchas vueltas en mi mente pero tieso en la cama para que mi esposa no se diera cuenta de mi estado, de camino al trabajo, la llamé. Sonaba ya su teléfono, la espera más larga del mundo… me desbordaba la ansiedad.

-Hola- y se hizo silencio.

-Sofi… soy yo- dije con cierto temor.

-Hoy a las cinco y media de la tarde, en el lugar donde nos encontramos el otro día, te parece?-

Seguía comportándose como agente secreto, solo faltaba que me dé una palabra clave. Apenas le di el ok, me cortó. Luego, más tarde, pensando en el tema, llegué a la conclusión de que seguro estaba con su esposo, por eso se comportó así, tajante y seca.

El día fue una amansadora. La relatividad del tiempo seguía haciendo de las suyas, el que espera, desespera. A estas alturas ya no me quedaba ni un solo concepto en pie, o por lo menos no me animaba a decir que las cosas son de “tal o cual” forma.

A la hora señalada por la cuasi espía rusa, ex novia de mis años dorados de juventud, (en los que fui libre, tenía el alma viva y reía casi todo el tiempo), estaba parado justo donde nos habíamos encontrado casualmente unos días atrás.

En un momento la veo, venía caminando a paso rápido, mirándome.

-Hola Marian… vamos a caminar?- me invitó amablemente, y sin pedir permiso, me tomó del brazo.

-Sofía… qué es lo que querías decirme?- no disponía de mucho tiempo y sentí la necesidad de ir directamente al asunto en cuestión.

-Marian, desde que te vi, ese día, no pude parar de pensar en vos, en nosotros, en el pasado, en lo felices que fuimos, en…-

La interrumpí un poco indignado:

-Sofía, cuando uno ve las cosas a la distancia solo recuerda lo bueno, idealiza, pondera cosas que en otra situación defenestraría, “es así”…- Y ahí sí me animé a decir que las cosas son de “tal o cual forma”.

-No, por qué decís eso?- inquirió entre preocupada y dolida.

-Vos te acordás por qué razón nosotros dos dejamos de estar juntos?- pregunté casi enojado.

-Por qué?  A ver… decime- desafió ella.

-Por eso, ves? Por esa actitud, por esos tonos. Porque nuestro noviazgo fue una lucha de poder, en el que ninguno de los dos cedía espacio por orgullo, ego y vanidad- sentencié.

-Mariano, qué te pasa? Tanto rencor guardás?- me preguntó con extrañeza como si hubiésemos tenido la mejor de las relaciones.

-Sofía, parece que estamos en frecuencias distintas… Mirá, los cinco años que estuvimos juntos me sirvieron para aprender a no ser orgulloso, a saber ceder, perdonar, olvidar o por lo menos, dejar pasar- expliqué con firmeza.

-Ah, ahora sí, con lo último que dijiste te reconocí, porque en tu vocabulario, que yo sepa, nunca existió la palabra “perdón”… pero… si aclarás, que aunque sea dejas pasar las cosas como si nada… ok… puedo aceptarlo- dijo ella muy irónica y ya entrada en cólera.

-Sofía… yo… no quise hacer que te enojes. Lo único que… bueno, sí, es verdad, traje todo el pasado al presente y te lo endilgué a vos pero, lamentablemente, no puedo hablar de otra forma, disculpá- dije abatido.

-Te llamé porque estoy pensando en vos desde el otro día y, a decir verdad, yo no creo en las casualidades, pienso que si el destino nos cruzó es por algo- dijo ella con cierto tono misterioso.

-Lo que me faltaba!-pensé- Primero intrigante, ahora esotérica.

-Si… puede ser…- No atiné a decir nada más.

-Marian, pasaron 20 años, miles de cosas, estoy confundida, necesitaba verte, no sé bien que siento- decía así Sofía palabras que se iban enterrando en mi corazón como estacas.

-Siempre fue así, vos, confundida, y yo…- la miré a los ojos y con dolor le dije- y… yo… yo te amo…-

Miré hacia abajo, di la vuelta y me fui, ella no intentó detenerme, como siempre había sido. Y allí descubrí otra de las causas de mis miedos, mis trabas y limitaciones: el dar todo y recibir un vacío silencio a cambio. Me senté en una plaza a la que no sé cómo llegué, como me ocurre siempre, entro en el túnel del tiempo y me vuelvo un autómata. Puse mis codos sobre las piernas y las manos sobre la cara, como si así me escondiera del mundo. Estaba mal, melancólico, el amor que pensaba había quedado en el pasado, la herida cerrada, todo lo que significaba para mí Sofía, el fantasma del ayer, recobró vida. No podía con mi alma. Me sentía víctima, me auto compadecía. Pensaba en cómo iba a mirar a Malena a los ojos. Decidí tomar aire, respirar profundo, relajarme, como dijo el analista, y volver a casa. Antes, miré el cielo, estaba límpido, como el techo del consultorio del analista, pero ahora el diván era el banco de una plaza y el profesional que atendía mis cavilaciones era… Dios?

Más tarde…

 -Estás mal vos- sentenció Malena.

-No, estoy cansado…- esquivé su mirada.

-Marianoooo… te conozcooo… qué pasa? Qué fue? El trabajo? Tu mamá? Daleeee…. Decime Marianoooo…- insoportablemente insistente, como siempre, no concluiría su interrogatorio. Estaba con los dos arquetipos de agente de servicio secreto, una, “el espía”, la otra, “el interrogador”. Por favor!

-Malena… sabés? Quiero estar en silencio- le dije hastiado con los ojos achinados.

-Mariano! Esto no va a quedar así!- gritó y se fue a la cocina.

Decidí que sería mejor permanecer callado. Esa noche, cenamos en un silencio sepulcral. Malena esperaba que le hable y cortemos con el clima tenso, como fue siempre en todos estos años de casado, pero esta vez, no lo hice. No pude dejar de pensar que con las mujeres de mi vida, incluyendo a mi madre, tengo relaciones basadas en la lucha de poder, después de todo, tal vez, Sofía tenía razón, no existían las coincidencias…

 

 

 

 

NOVELA “EL NAUFRAGIO” (La historia de unas cuantas verdades falsas)

Capítulo 2

 

 

Verdad falsa número 2:

De la crisis salgo solo

Los días siguientes a “El Naufragio” traté de disimular mi crisis existencial para no recibir preguntas incómodas de parte de Malena ni de nadie. Mi cabeza era un concurso de planteos, donde no faltó mi relación matrimonial y la pérdida de mi identidad, entre un sin fin de preguntas sueltas, y por supuesto, sin respuesta. La cabeza me estallaba, no me podía concentrar en nada, debía hablar esto con alguien, pero con quién? Me había vuelto muy reservado, un poco por causa de las heridas del pasado, y otro poco, por estar al lado de mi esposa. Ella, todo lo que yo expresaba, cualquier cosa que decía, la recordaba, y luego, en alguna situación o discusión, usaba mis propias palabras como argumentos para avasallarme y vapulearme. Para no ser esclavo de mis palabras y amo de mis silencios, como cita la famosa frase, me torné una “tumba”.

Aprovechando que Malena jamás llegaba temprano a casa decidí empezar a concurrir a un analista sin que ella sepa, de lo contrario, hasta que no me tuviese atado al potro confesando mis pecados, los que ella querría escuchar, no pararía. De todas formas, en cierto aspecto, es todo por “culpa” mía. Siempre critiqué a los que concurrían al “loquero” a buscar quien les desate los nudos de sus propias vidas, por lo menos, hasta ahora, así lo veía yo. Comprendí entonces que mis opiniones de la mayoría de las cosas se basaban en argumentos teóricos de modelos perfectamente seguros y armados en un plano fantástico armado en mi cabeza, y solo tienen existencia allí mismo, en el afuera, nada es así, nada! Todo se me caía frente a mis ojos como castillos de naipes.

Después de una larga búsqueda en internet, porque no pensaba consultar a nadie de mi entorno, llegué a tomar un turno para una sesión con un analista. Una semana más tarde estaba allí, tendido en un diván, al mejor estilo Hollywood, mirando un cielo raso límpidamente blanco. El consultorio era de estilo antiguo, en tonos obscuros y muebles de madera orlada. La atmósfera tradicional del lugar, junto a unos cuantos títulos en la pared me dieron un poco de confianza. El analista tenía unos cincuenta años, era delgado y alto. Giré mi cabeza ante la incomodidad del momento en el que no sabía qué hacer, decir o cómo comportarme y lo vi sentado detrás de mi, a un metro aproximadamente, con sus largas y flacas piernas cruzadas. Esbozó, a continuación, una sonrisa, entrelazó los dedos de sus manos, y, tomando una de sus rodillas dijo:

-Bueno, relájese y cuénteme qué le ocurre-

Se hizo un silencio eterno. Era lo peor que me podía haber dicho. Yo estaba acostumbrado a responder preguntas concretas, a analizar consignas, me movía entre pautas preestablecidas. Qué iba a decir? Vengo porque no sé nada? Porque me encontré con el fantasma de mi pasado en la calle y me poseyó? le venía a pedir un exorcismo?

-Bueno, yo… la verdad… no sé- balbucié mirando el techo. En un instante me transpiré todo el cuerpo. Ante mi notoria rigidez el analista agregó:

-Muy bien, comencemos por algo… a ver… cuénteme cómo es su vida, con quien vive, si es casado, etc…-

Rápidamente contesté:

-Sí, soy casado, vivo con mi esposa, los dos, solos- y esperé otra pregunta.

-Dígame… cuántos años hace que está casado?- preguntó en forma calma y pausada.

-15 años-

-Cuénteme… está cómodo en su matrimonio- Se hizo un silencio, dudé de lo que iba a decir, pero, ya estaba ahí, después de todo, cualquier cosa que dijese quedaría entre esas cuatro paredes.

-Bueno, cómodo, digamos, la palabra “cómodo”: si y no. Cómo le puedo decir… es un matrimonio estable, sin sobresaltos, sin demasiados cambios, nos vemos poco, ella trabaja muchas horas y hasta tarde, llega a las nueve de la noche a nuestra casa, comemos, miramos televisión, cada enero nos vamos de vacaciones a algún lugar que nos llame la atención, bueno, a mi no, a ella, a mi me da igual, total, digo, todas son vacaciones, no?… no sé… hacemos lo que hace todo el mundo…- Cuando me callé la boca me sentí embrollado, qué estaba diciendo?, cuál fue la pregunta?, dije la palabra “estable”, otra vez…

-Dígame ahora, y… estas razones que me enumera son las razones que lo hacen sentir cómodo o incómodo, digo, porque me dijo “si y no”, pero no me aclaró por cuál de las dos opciones empezaría…- inquirió el analista con sagacidad.

La pregunta me dejó pasmado. Qué estaba yo diciendo?

-La verdad es que me hace pensar, me hace replantear lo que estoy diciendo. Porque siempre pensé que lo estable era bueno y lo inestable malo, por lo que trato de que todo marche sobre rieles para no crear inestabilidades- Expliqué cual ingeniero ante sus proyectos.

-Y lo “estable” qué le sugiere?- dijo tranquilo.

-Seguridad-

-Y para que quiere “seguridad”- continuó preguntando.

-Para… para sentirme tranquilo…-

-y qué más…- insistía tanto este hombre! me cansé, me quiero ir…

-Para… no sé… porque tengo miedo a los problemas y… – y allí fue mi “momento de eureka”, de iluminación. Y dije:

-Podemos cortar acá?-

-Como Usted quiera, si siente que ha sido suficiente…-

Sin dudarlo, me levanté y me fui.

Una vez en la calle caminé bastante para poder pensar. La escueta sesión psicológica me había refregado en la cara que estaba muerto de miedo. Hasta ahora todo había sido tranquilo y predecible, seguro, y mi palabra preferida, “estable”, pero con la aparición de Sofía… Sofía… qué me pasó… llegó para despertarme, debo reconocerlo, estaba viviendo en coma, todo era un pulso continuo, lineal, “estable”. Aunque no me llame, aunque no la vea nunca más en la vida, creo que ella ya ha cumplido su misión. Y sabiendo que me estaba auto convenciendo volví a mi casa como cada día…

Subí rápido, otra vez me encontré usando las escaleras, cosa rara en mí. Creo que la última vez que las usé fue con los cortes de luz del verano anterior. Definitivamente, algo estaba cambiando. En la mitad del tramo hacia arriba suena mi celular, antes de atender miré la hora, temía que fueran más de las nueve y que Malena estuviese ya en casa. Estaba pensando con el miedo y no con las neuronas, eran las siete de la tarde y unos minutos, pero, como ya había dicho antes, descubrí la relatividad del tiempo, y ahora, la percepción. Percepción obnubilada por causa de mis mentiras, me llené de miedo. Miré el identificador de llamadas de mi teléfono y no lo reconocí. Atendí:

-Hola- dije agitado por el traqueteo.

-Hola Marian?- me quedé duro, miré, cual ladrón a punto de cometer un delito, para ambos lados, hacia arriba y abajo, me cercioré de estar solo y contesté.

-Sí… hola…-

-Te llamo, porque, el otro día… me quedé pensando- Sofía estaba rara, un tanto apagada. No era su tono habitual lleno de vida.

-Decime Sofi…- en ese instante mi mente viajó al pasado acompañando a mi cuerpo lleno de sensaciones conocidas.

-Necesito verte- dijo en tono seco.

-Ok, te llamo, tal vez mañana y arreglamos, a este mismo número-

-Ok, chau…- y cortó.

Parecía un llamado del servicio secreto más que de dos… ex novios?

 

 

NOVELA “EL NAUFRAGIO” (La historia de unas cuantas verdades falsas)

Capítulo 1

 

Verdad Falsa N°1:

Mi vida es completamente estable y sé quién soy

 

 

Era la ilusión? Era melancolía? Recuerdos? Amor verdadero? Los vestigios de una pasión adolescente? No lo sé. Lo que sí puedo decir, es que cuando la vi el tiempo se ralentizó, todo comenzó a transcurrir en cámara lenta, y el brillo vidrioso de mis ojos deschavaba los dictados de mi ser. Cualquiera que hubiere advertido aquella mirada extasiada que mostré aquel día, hubiese pensado que se trataba de alguna de esas personas psicóticas que andan por las calles viendo cosas que no existen. Y no sólo fue la formar de mirarla, también fue mi cuerpo. Permanecí inerte, tieso, no sé cuánto tiempo, segundos, minutos, quién sabe, no puedo precisar nada. Fue aquel instante, el que me enseñó la realidad de la relatividad del tiempo, pero más grave aún, fue enterarme de la relatividad de mis sentimientos, de mi ser, de mi yo. Quedé escindido en dos partes, o más, tal vez. Llevaba una vida normal, sí, “normal”, como nos gusta decir a las personas cuando creemos que todo lo que planeamos, hacemos, formamos, construimos y soñamos es un baluarte inamovible a menos que lo modifiquemos a voluntad. Y pensamos, que mientras sea “normal”, mientras esté dentro de los estándares de lo que se espera de nosotros, nada puede salir mal, o casi nada. Pero vuelvo al instante de “El Naufragio”, sí, de ahora en más, lo llamaré de esa forma. El momento en el que mi ancla firme, pesada y concreta, se convirtió en una chiquita y de fantasía, porque luego, descubrí que era cuestión de perspectiva, el ancla, el barco, ese gran timón que yo manejaba, todo, era una ilusión, solo que yo lo veía tan de cerca que se me hacía gigante y real. 

Prosigo entonces, como venía narrando. Quedé inmóvil, mirando fijamente ese rostro, símbolo de una edad dorada. Mi energía se había vuelto densa, y, probablemente actuó cual imán atrayendo entonces su atención, entre todo el gentío de la hora pico en la ciudad. Su rostro se iluminó, esbozó una sonrisa que se me hizo enorme e intimidante y caminó, decidida, como siempre lo había sido, hacia mi. Para mi perjuicio, advertí, de inmediato, que los años me habían vuelto lento, miedoso, inseguro e incapaz de poder llevar adelante la situación de un encuentro casual con alguien del pasado en una calle cualquiera. En el momento siguiente, sin poder reaccionar, la tuve ya frente a mi, sin dejar de sonreír me saludó con ese brillo y esplendor que siempre tuvo, desde los primeros años de la escuela primaria. Atiné a parpadear, porque por mirar fijamente, ya la imagen se me hacía un tanto nublada. Con las palabras que apenas articulé dije en forma entre cortada:

-Ho… hola Sofía… – y moví hacia arriba la comisura de mis labios tratando de sonreír o hacer algún mohín que se le parezca.

-Hola Marian! Cómo estás! Tanto tiempo! Sabés cuántos años pasaron? Veinte!- y eufórica y segura de sí misma, o al menos así la veía yo, hablaba y esperaba algún signo de “vida” de mi parte.

-Veinte años… los… constaste?- no se me podía haber ocurrido algo más estúpido para decir, la cuenta era simple, eran dos décadas, no había que pensar demasiado. 

Rió y dijo -siempre el mismo, haciéndome bromas-

Hasta el día de hoy no puedo precisar si fue una forma de ayudarme a salir del engorroso momento o realmente pensó que le jugaba una broma por lo estúpido de mi pregunta.  Y en ese instante, tomé aire. No podía ser que los veinte años que traía a cuestas no me sirvan para nada. Y dije:

-Contame algo… cómo estás… qué es de tu vida…- por fortuna, aliviané la carga nerviosa y pude mostrarme como lo que soy, un tipo racional y adulto, va, ese era mi concepto de lo que “yo” “era” en ese momento de mi vida.

-Estoy bien. Estoy en pareja, trabajo, me va bien. La verdad, la vida ha sido generosa conmigo- me contaba ella con alegría.

-Ah… qué bien… y? Tenés hijos?- No puede evitar esa pregunta, quería saber, necesitaba saber. Ya me había calmado y lo que ocupaba ahora mis neuronas eran las ganas de investigar qué había sido de su vida.

-No, no tengo- dijo ella sin dar mayores explicaciones.

-Yo tampoco, no se dio. Va, no quise. Mi esposa trabaja muchas horas en una multinacional y yo, acá, en capital, no tenemos tiempo para ser padres- Embalado, verborrágico,  en un mini monólogo observaba a la vez los gestos de Sofía. Su brillo se apagaba a medida que yo hablaba, su boca, quedó entreabierta, y apenas y asentía con la cabeza. 

-Bueno Marian, me tengo que ir, por qué no me das un teléfono, digo, para estar en contacto- dijo ella, y sonrió.  Mi mente volvió al “estado de coma” del principio. “Marian”… qué lindo suena en su boca, lo dice igual que cuando éramos chicos. 

-Sí, te lo anoto- Sin pensar demasiado, (no podía de todas formas), le escribí en un trozo de papel de mi agenda mi teléfono celular y se lo di, sabiendo que era un acto impulsivo, sabiendo que podía tener consecuencias desagradables… o… demasiado agradables, sabiendo todo, se lo di igual. 

-ok! Te llamo!- Se puso en puntas de pie, besó mi mejilla y su fue. Volví a quedar duro, parado, allí, en el medio de la gente que iba y venía. Me dí cuenta que ella no me había contado nada, o casi nada. Le dí mi teléfono y no le pedí el suyo. Me sentí un idiota, me enojé conmigo mismo, increpándome, reprochándome que yo no era así… así!… impulsivo!

 Comencé a caminar, me sentía mal, tonto. Entré en un bar, pedí un café y miré a un ángulo. Qué había hecho? Era un hombre comprometido con una mujer celosa y posesiva, al límite de lo soportable, sin embargo, sin tapujos, sin rodeos, le entrego mi número personal a una mujer que encuentro! Y encima, me auto convenzo, de que es “una mujer”, no! es “la mujer”, la que enterré ahí! bien abajo, en lo profundo, para que nadie la vea, ni siquiera yo. Y la puta vida me la cruza, así, como si nada, como si yo andaría haciendo mal a los otros por ahí con liviandad y sin problemas, y por causa de ello, sería merecedor de un castigo, un gran castigo, uno de esos en los que te atan de pies y manos, te meten en una bolsa de arpillera y te tiran al río con varias piedras enganchadas como para que no zafes. Pero… en este caso, las piedras, concluyo, las até yo. 

Terminé el café, no sé cómo, ni en cuánto tiempo, ni tampoco supe qué sabor tenía, nada, estaba obnubilado. Cual autómata, salí del bar, a paso lento, y decidí caminar hasta que me canse un poco, o algo así. Miles de recuerdos me asolaban, me sentía devastado. Toda mi vida, mi matrimonio, mi trabajo, lo que había logrado, todo, todo, lo sentía tambalear. A esas alturas pensaba que sabía lo que quería, lo que sentía. En largas lecturas, reflexiones, a solas conmigo mismo, llegaba a conclusiones acerca de quién soy, de quién había “llegado” a ser, y de la tranquilidad de la que gozaba por tener una vida “ordenada”. 

Llegué a una parada de colectivo, tomé el primero que vino, aunque no era el que me dejaba más cerca de mi casa, evidentemente, quería huir de algo. Ya en mi barrio, caminé y al llegar a mi vereda, miré el edificio, mi balcón, mis pequeños bonsái, y rompí en llanto. Subí rápido por las escaleras para no cruzarme a nadie. Entré al departamento y la congoja era tan fuerte que tuve que quedarme bajo la ducha un buen rato, no me reconocía. Estaba solo, pero no era por eso que la amargura me arrasaba desde dentro, estaba acostumbrado, Malena jamás llegaba antes de las 9 de la noche. Me senté en la cama, me miré al espejo, traté de serenarme y pensar. Qué fuerza se había desatado dentro mío, qué herida del pasado provocaba mi congoja. Y al tiempo que me preguntaba, me respondía. Y al tiempo que me respondía sentía la separación, la escisión en mi ser, en mi mente, en mi yo. Quién soy?  A la mañana siguiente Malena me despertó como de costumbre.

-Levantate, es la hora Mariano, dale- dijo en tono seco.

-Sí, ya voy- balbuceando me incorporé.

-Te dormiste sin comer ayer, estabas rendido- Malena comentaba sin dar importancia. 

-Ah… sí… estaba reventado- 

Me senté en la cama. La primera imagen que tuve, fue como la última antes de dormirme, la de mi reflejo en el espejo. Pensé por un instante que lo que había vivido había sido solo un mal sueño, pero al caminar hacia el baño, miré mi bolso y supe que todo era real. La agenda asomaba apenas y era símbolo de “El Naufragio”.  Sin fuerzas me lavé la cara, me cambié, y sin desayunar partí hacia el trabajo.

-No vas a desayunar Mariano?- preguntó Malena

-No Malena, llego tarde, como algo por ahí- dije hastiado por su tono inquisidor.  Siempre pensé que Malena era una reencarnación de algún hombre de la época de la Santa Inquisición. Como si hubiese nacido con ese saber, era algo que manejaba a la perfección, preguntar, repreguntar, insistir hasta el hartazgo para que, finalmente, uno termine reconociendo algo que no hizo, solo para que se calle la boca…