NOVELA “LA FAMILIA DE GIUSEPPINA” CAPÍTULO 9

El hombre sólo es rico en hipocresía. En sus diez mil disfraces para engañar confía; y con la doble llave que guarda su mansión, para la ajena hace ganzúa de ladrón.

Antonio Machado

Capítulo 9:  Llegadas inesperadas, traiciones inesperadas

Tras el mal momento, la risueña y regordeta Tía Elba se había convertido en una fiera hambrienta de chisme.

– ¡Por favor, vamos, cuéntame! – 

– Bueno Tía, ese miserable infeliz es mi cuñado, el marido de mi hermana, que se ha venido hace 8 meses y le ha prometido que la mandaría a llamar y aún no lo ha hecho, y ya veo por qué razón, tiene dos hijas con mi hermana y lo esperan con ansias –  explicó Vittoria furiosa apretando los dientes, con la amargura propia de quien impotente piensa en sus seres queridos engañados.

– Veo… pobrecitas, a tanta distancia… Vittoria… Ya que estamos en terreno de confesiones… quería hablarte… sobre los Placenti y por qué tu padre se opuso a tu relación con mi sobrino – decía tía Elba allanando camino para contar lo que se traía entre manos.  

– ¿Eh?!!! – miró extrañada Vittoria frunciendo de costado el labio superior. Apenas y se había recuperado de la “malasangre” que le dejó el embustero de su cuñado y ya se venía “otra”.

– Ven, vamos a tomar un café negrito, ven – y con un ademán de su mano la invitó a entrar en un bar de la calle Florida.

– Quiero contarte la razón por la que tu padre desprecia a Ilario, mejor dicho, a los Placenti. La excusa que escuchaste es que Ilario no tenía nada para ofrecerte pero tu padre sabe bien que eso no es verdad, porque nuestra familia es muy unida y, tanto en Calabria como en Sicilia, cada uno de los Placenti se ayuda uno a otro para que su prole prospere. Nunca Ilario podría caer en desgracia, porque siempre habría alguno de nosotros que lo ayudaría. 

La verdad es que hace unos 30 años atrás, justo antes de que a tu padre lo casen con tu madre por arreglo entre familias, él vivió un amor con la hermana mayor de tu suegro Pedro, el padre de Ilario, llamada Giuseppina. Pero tu abuelo paterno, no dejó que esa relación prospere, porque la familia de tu madre ofrecía varias hectáreas de campo junto con ella, así que sus padres obligaron a desistir de su relación amorosa a tu padre para que se una en matrimonio con María, tu madre. Pero nada quedaría culminado fácilmente, porque Giuseppina ya albergaba en su vientre un hijo de Massimo, tu padre. Pero, en vez de acudir a Fidel, ante la vergüenza, Francesco Placenti, el abuelo de tu esposo,  arregló el matrimonio urgente de su hija Giuseppina con un hombre 25 años mayor que ella que no tendría problemas en aceptar a una joven y turgente mujer aunque deshonrada y con un “bastardo”. No habiéndole dado opción a elegir, Giuseppina se entregó a ese infortunado matrimonio. Por carta, a escondidas, Giuseppina hizo llegar la novedad de su estado de gravidez a tu padre Massimo, pero no fue respondida. Imagínate la vergüenza por la que pasaría Massimo, hombre de conducta intachable, si su hija se enterase que en la familia de su esposo tiene un medio hermano que él ha abandonado – concluyó Elba con la lengua seca como la de un loro.

– Mama mía – apenas balbuceó Vittoria y quedó como abstraída – Ahora entiendo por qué tanta oposición, el no escuchar razones y no permitir que Ilario pueda explicar lo que tenía en mente, jamás quiso recibirlo – se explicaba a sí misma absorta Vittoria.

– Bueno, hija, ¿viste? Ahora estarás más en paz sabiendo que no has cometido ningún pecado al quedarte junto a Ilario, y que simplemente estabas pagando los errores de tus antepasados – dijo Tía Elba en tono suave.

– Gracias por tu sinceridad arriesgándote a tener problemas, gracias, no diré una sola palabra – sonrió levemente Vittoria, no sabiendo que, en el fondo, Tía Elba no sólo hacía justicia en sus propios términos, sino que, como de costumbre, daba rienda suelta a su lengua incontrolable. Para Elba, hablar y hablar, era una necesidad graciosamente vital.

Terminaron el café y salieron del bar abrazadas a paso lento.

Un mes después el barco de Emiliana atraca por fin en el Puerto de Buenos Aires. Cinzia, con la impaciencia que la caracterizaba, no paraba de hablar ensayando qué le diría a su padre apenas lo viera. Annunziatta, en cambio, caminaba silente enganchada al brazo de su madre, mirando al suelo adoquinado. Caminaron unas cuadras arrastrando las valijas hasta la dirección del remitente de la carta de Lorenzo, la única carta en 9 meses. Cuando llegan, piden a la dueña del inquilinato, Doña Rosa, por Lorenzo, pero ella asegura que no vive allí. Hablando con la señora, dándole las señas personales y su nombre completo, la propietaria de la pensión en un raro cocoliche les refiere que puede llegar a ser el amigo de un inquilino suyo, Domenico. Emiliana asiente, podía llegar a ser, pero sabía que había muchos italianos con los mismos nombres. Y si era él: ¿por qué le dio la dirección de Domenico y no la propia? 

Viendo el cansancio que las aquejaba, y las ganas de charlar con alguien propia de Doña Rosa, la solitaria anciana les ofreció una taza de leche y unas masitas caseras. Emiliana aceptó, esperaría a que apareciera Domenico a ver si era el amigo del que su esposo había hablado toda la vida.

Esa tarde, Domenico se disponía a llevar a dos paisanos conocidos de su familia que tenían campos en Rosario para ver si Lorenzo estaba interesado en hablar con ellos para poder concretar sus planes de irse a trabajar al campo. Domenico, conociendo las intenciones de su amigo de dejar de trabajar en el depósito y salir de Buenos Aires, pensó en presentarle a estos hombres, y los llevó a la pensión de su compadre. Una vez en la puerta les pidió que aguardasen en la acera y entró por el pasillo en busca de su amigo. Sabía que a esa hora probablemente lo encontraría. Cuando está a punto de golpear siente una carcajada desenfadada: 

– ¡Ah! ¡Dios! ¡Qué dolor! – pensó lastimeramente – Es la risa de mi amor, es… la carcajada de Elisabetta… ahora entiendo todo… no lo quise ver… no lo quise ver – pensó, y, este hombre sensible, rompió en amargo llanto. Trató de tranquilizarse, respirar hondo y resolver qué hacer. Sin pensar, golpeó a la puerta. La misma apenas se abrió y asomó Lorenzo riendo aún. En un segundo se le borró la expresión de la cara, empalideció y quedó inmóvil. 

– Domenico… hola… – dijo temeroso y notó el gesto amargo de su amigo.

– ¡Hola hipócrita! – lo miró con ojos severos – ¿No me invitas a pasar? – Preguntó con ironía – Ya me di cuenta Lorenzo, ya lo sé todo. ¡Maldito infeliz! ¡Desgraciado! ¡Hijo de puta! ¡Hipócrita! – empujó la puerta violentamente de costado con el hombro y la abrió – Elisabetta! ¿por qué?!!! Con mi amigo… – y volvió a romper en llanto acongojado. Lorenzo atónito lo tomó del hombro, Domenico lo apartó bruscamente y se fue a paso rápido. Salió a la calle y, dada su congoja, les explicó a los paisanos que lo esperaban que su amigo había sufrido una tragedia, que no lo tengan en cuenta, y se fue.

Corrió hasta su pensión, entró como un rayo. Detrás suyo sintió un correteo y su nombre:

– ¡Domenico, hijo, venga! – le gritó Doña Rosa.

– ¿Qué pasa Rosa? Ahora no puedo… – lánguido respondió ese alma devastada, el dulce Doménico…

– Por favor Domenico, venga, hay una señora que lo busca – y Doña Rosa lo arrastró del brazo hacia su cuarto.

Al entrar vio a Emiliana y a sus dos hijas, como quien observa una fotografía. 

– Domenico, tu amigo, ese que tienes, Lorenzo, ¿es casado? – preguntó Rosa – porque parece que esta es su familia – y las señaló con la mano desplegada.

– Por Dios… lo único que me faltaba… ¿Cómo se llama Ud.? – preguntó el adolorido Domenico con el ceño fruncido y extenuado por el caos mental que padecía.

– Mi nombre es Emiliana, tengo entendido que Usted podría ser el amigo de mi esposo – dijo Emiliana en tono bajo y tímido.

– Sí, es Usted… y… es él, Lorenzo – dijo hastiado por los problemas que se había comprado sin ninguna necesidad. 

– ¿Podría por favor darme su dirección? – 

– ¡Sí! ¿Cómo no? – dijo Domenico irreconocible, con el encono del despecho que no sabía portar, enojado e irónico.

Las mujeres se miraron sorprendidas, no entendían la ironía y mucho menos la situación.

– Rosa: ¿por qué no las acompaña? Es la pensión de Doña Greta – Domenico sonreía, el diablo había poseído su cuerpo, ya disfrutaba del placer de la venganza.

– Sí, vamos hija, vamos… – dijo Doña Rosa paciente y colaboradora.

Caminaron una cuadra y dada la rareza de la situación, Emiliana le dijo a Rosa que le señale la puerta de la pensión y pidió a las niñas que se vuelvan a la pensión de la señora y se queden sólo por un rato con ella. Las niñas con ganas de protestar intuyeron que no era momento y obedecieron, bajaron la cabeza y partieron de la mano de doña Rosa.

Emiliana golpeó en la primera puerta de la pensión y salió Doña Greta.

– Buenas tardes, estoy buscando a Lorenzo Mangiaterra – dijo respetuosa.

– Sí señora, la anteúltima puerta, pase – y le señaló con el dedo y con los ojos.

Emiliana agradeció y caminó por el pasillo húmedo de baldosones rojos y amarillos. Miraba todo con una mezcla de temor y asco, miedo a lo desconocido y la falta de convencimiento que la tenía atrapada desde que emprendió el viaje.  Llegó a la habitación y golpeó la desvencijada puerta.

– ¿Quién es? – escuchó.

Ella no contestó, reconoció su voz, se le salía el corazón del pecho, su estómago cosquilleó y temía que Lorenzo no abra.

Lorenzo, ante la curiosidad, abre la puerta de par en par. Ve a su esposa.

– Emil… iana… eh… eh… – 

– Sí, sé que no me esperabas pero… – dijo Emiliana mirando a Lorenzo y pensando a la vez en qué bien se lo veía.

– ¿Quién es mi amor, querido? – gritó de atrás muy fuerte y a propósito Elisabetta, a la que no se le escapaba nada.

Lorenzo hubiese querido que la tierra se abra y se lo trague el mismísimo infierno pero… no hizo falta, se sentía ya en las garras del demonio.

Emiliana quedo petrificada, con los ojos abiertos de par en par, las cejas levantadas, la boca entreabierta y… aunque no lo hubiese imaginado, muerta de celos.

– Emiliana, yo… yo… – Lorenzo no podía hablar, le castañeaban los dientes.

– ¡Lorenzo, maldito desgraciado, por eso no me mandaste a llamar! – Emiliana se arrojó con toda su humanidad encima de su esposo y le pegó en el pecho ancho de Lorenzo con los puños cerrados – ¡Maldito! ¡Desgraciado! ¡Hijo de puta! ¡No piensas ni en tus hijas! – lloraba consternada Emiliana llena de bronca con el orgullo herido, pero anteponiendo a sus hijas como excusa.

– ¡Basta ya! ¡Basta! – Lorenzo tomó por las muñecas a su esposa y la zamarreó intentando sacarla del estado de histeria en el que estaba.

Emiliana lo miró sorprendida con los ojos rojos colmados de lágrimas, nunca la había tratado de una manera tan cruel, ni siquiera se compadecía de ella en ese momento, de la vergüenza por la que la había hecho pasar. Emiliana recibía un doble golpe: por un lado su ego herido y por el otro, ponerse en el pasivo rol de víctima esta vez no funcionó.

– Mira Emiliana, si no te place la situación, vete – le dijo fríamente y  la soltó con desdén. La miró con gesto seco, agrio y cruel, como si le diese asco.

Emiliana lo corrió de un empujón, quería verla… Era hermosa, se sintió peor, se odió por no haberse ido corriendo. Se dio la vuelta y corrió hacia la calle…

Navegamos por cielos infinitos…

El Planeta Caravana – Black Sabbath

Navegamos por cielos infinitos.
Las estrellas brillan como ojos.
La noche oscura suspira.
La luna en sueños de plata
cae en haces de luz.
La luz de la noche.
La Tierra, un resplandor púrpura
de neblina azul zafiro siempre en órbita.

Mientras, bajo los árboles
bañados en brisa fresca,
la luz plateada de las estrellas
domina la noche.
Y así pasamos por el ojo carmesí
del gran dios Marte
mientras viajamos por el universo

NOVELA “LA FAMILIA DE GIUSSEPINA” CAPÍTULO 8

“El mal oficial le echa la culpa a la herramienta”

Anónimo (Proverbia.net) 

Capítulo 8: Mi cuñada

Un mes después del escape, Vittoria e Ilario desembarcaron en el Puerto de Buenos Aires. Gracias a unos parientes de Ilario, oriundos de Sicilia, Vittoria no tendría que pasar las penurias de un comienzo difícil. Los Placenti eran numerosos de familia, y estaban dispersos por Italia y por América, había algunos en Estados Unidos, otros en Brasil y otro tanto en Argentina, repartidos por Rosario y Buenos Aires. Ilario había arreglado el encuentro en Buenos Aires previamente por carta con su tío Enzo Placenti y su esposa, la tía Elba. Ellos vivían en Barracas y tenían un bar delante de su casa. Los eligió preferentemente porque eran cálidos y protectores, siempre dispuestos a ayudar a sus sobrinos y además los sentía como sus segundos padres. Una vez pasado el desembarco y los trámites de ingreso al país, Vittoria e Ilario fueron recogidos por Enzo y tomaron un taxi hasta su casa. Cansados del viaje trasatlántico sacaron fuerzas de donde no las tenían y disfrutaron de la “fiesta de bienvenida”. Tía  Elba había preparado un recibimiento “a la italiana” en el bar, con abundante comida y bebida, música y baile. Estaban sus dos hijos, ambos, fieles retratos de Enzo, con sus esposas, italianas típicas de piel blanca y gesto adusto, y sus hijos revoloteando a las corridas por las mesas. También estaban varios de los clientes, todos paisanos, a los que sentó en la mesa de bienvenida para que la pareja recién llegada se sienta “como en casa”. Había acordeones, cantaban, bailaban, se reían, relataban anécdotas. Varias horas después uno a uno se fue dispersando hasta que quedaron solos los dueños del bar y la flamante pareja. De repente Vittoria se sintió débil, cansada, empalideció y miró a Elba con cara de pedir ayuda. Esto ya lo había sufrido varias veces en el barco y dentro suyo sabía que debería de estar grávida. Elba ni corta ni perezosa, con una sonrisa de oreja a oreja, lo miró a Ilario:

– ¡Felicitaciones querido! ¡Vas a ser padre! –

– ¿Eh? – miró a su futura esposa y sonrió.

– Sí, me había dado cuenta pero quería estar segura – dijo Vittoria con un halo de vergüenza.

– Debemos casarlos urgente, déjenme todo a mi – dijo entusiasmada Tía Elba.

Y así fue, Elba no tardó ni quince días en organizar todo lo necesario para ofrecer una linda fiesta para Ilario y su prometida. Aprovechando que a Vittoria aún no se le notaba la pancita, habló con el párroco de la Iglesia del Sagrado Corazón de Barracas y en una sencilla ceremonia los bendijo con el sacramento del matrimonio.

La celebración fue jubilosa y se prolongó durante horas, los paisanos jaraneros hicieron del festín un recuerdo inolvidable.

– Gracias Tío Enzo, gracias Tía Elba – expresó Ilario tomándoles las manos a sus tíos.

– Ustedes son como nuestros hijos – y sobre el rostro de Tía Elba rodó una lágrima de emoción.

Una vez terminado el abundante banquete donde no faltó el vermut, con olivas verdes y negras, sopresatta italiana casera, longanizza, queso de cabra, queso de cerdo, berenjenas al escabeche, y luego un lechón, regalo de los panaderos de la esquina, amigos de Enzo, ensaladas de todo tipo y color, y muchas damajuanas de vino, entre otras cosas, todos se fueron despidiendo dejando los mejores augurios para la joven pareja. 

A la mañana siguiente Vittoria pidió a Tía Elba que la acompañe a comprar algunas ropas, ya que las que tenía le estaban quedando muy ceñidas. Tomaron un taxi, al llegar, sin parar de conversar ni un solo instante, recorrieron las tiendas de la calle Florida. Elba la podría haber llevado por las cercanías de su casa, a los negocios vecinos, pero quería estar lejos, a solas, con su sobrina política, tenía “algo” que contar. Vittoria no estaba acostumbrada a ese tipo de atención y se sintió algo incómoda, siempre se había conformado con la ropa que le pasaba su hermana Emiliana y ahora descubría un mundo nuevo. Tenía ropa a estrenar, perfume, jabón personal. Se sentía agradecida y no paraba de expresárselo animadamente a Tía Elba. Caminando por la concurrida Florida, entre todo el gentío, Emiliana divisa una cara conocida: Lorenzo. Se quedó quieta observándolo, iba acompañado por una mujer muy llamativa. Ante la misteriosa actitud de Vittoria, Tía Elba le preguntaba y le repreguntaba ansiosa e impaciente:

– ¿Qué pasa? ¿Qué miras? – ante el silencio enigmático de Vittoria, Elba se exasperaba.

– Tía, ese que va allí, es Lorenzo, mi cuñado, ahora le cuento, espere – dijo sigilosa achinando los ojos Vittoria.

Caminó unos pasos y aguardó a que pase por su costado e irreverente exclamó:

– ¡Hola Lorenzo! ¡Cómo estás! Mi hermana, “TU ESPOSA” te espera- 

– Vittoria!!!!  yo, eh… no entiendes… yo no puedo…. – balbuceaba con dificultad Lorenzo.

– ¡Vamos Lorenzo! ¡Me dirás que es una amiga! ¡Me dirás que estás trabajando! ¡Me dirás mentiras como a Emiliana! ¡Ma! – y se dio la vuelta dejándolo a Lorenzo estupefacto sin poder esbozar una frase coherente. 

– ¡Vamos tía! – Ordenó con arrogancia y la frente en alto Vittoria – ¡Me das asco Lorenzo! – exclamó sin mirarlo.

Elisabetta lo miraba a un costado con una expresión flemática, serena pero fría. Y cuando Lorenzo se dio vuelta a mirarla, ella vio como se le había puesto el rostro blanquecino cadavérico y Elisabetta echó una carcajada histérica, dejando entrever su carácter egoísta y su falta de empatía.

– Bueno Elisabetta, no sé de qué te ríes, has traído desgracia a mi vida: primero mi esposa, después mi amigo y ahora esto – expresó Lorenzo encorvado, con notable desagrado, tomándose la frente con la mano derecha.

– ¡Vamos Lorenzo! – dijo segura de sí misma Elisabetta –  ¿Realmente crees que yo he traído desgracia a tu vida? Yo no estaba en Italia cuando te casaron con alguien a quien no amabas, cuando te desheredó tu padre, yo no te he obligado a desearme. Si me acerqué a ti fue por como me miraste desde el primer día en que te conocí. Reconócelo, uno es artífice de su propio destino, no eches culpas sobre mi persona, culpas de las que solo tú eres dueño – y le golpeó el pecho con el dedo índice.

– Ven – la agarró por la cintura con ganas de amarla y la besó entregándose al juego perverso que ella le generaba…

NOVELA “LA FAMILIA DE GIUSEPPINA” CAPÍTULO 7

 

Somos fácilmente engañados por aquellos a quienes amamos.

Molière (Proverbia.net) 

Capítulo 7:  Redención, pero no tanto

Son las diez de la mañana, es sábado, Lorenzo aún sigue durmiendo. Por la madrugada había estado con unos paisanos ahogando las penas. Un ínfimo rayo de sol se cuela por una hendija de la ventana, se da vuelta en la cama, pretende seguir durmiendo pero le duele la cabeza. Se incorpora y se marea, tremendo estado en el que se encuentra. Se sentía devastado.

– Ni una mujer que me alcance un café negro tengo – pensó con amargura. 

Esa misma tarde, después de un almuerzo a medio terminar dada la resaca que tenía, se dispuso a caminar por La Boca, no podía quitar de su mente a Elisabetta, habían pasado dos semanas del encuentro en las que Lorenzo se encargó de inventar toda clase de excusas y artilugios para evitar a Domenico y a su novia. Se sentía profundamente culpable, pero a la vez victorioso, contrariado… era una lucha entre su alma, que clamaba por su gran amigo, y su ego, que exaltaba a Elisabetta … por supuesto, no se le ocurrió mejor idea que escapar, evadirse. Como siempre, Lorenzo, era experto en abandonar barcos a punto de hundirse. 

A paso pausado, arrastrando los pies, caminando por la calle Olavarria, pasó entre las columnatas que adornan la parroquia y entró en la Iglesia San Juan Evangelista. Algo lo llevó allí, una especie de deseo de redención tal vez, era grande el yerro, se sentía en falta. Desde el primer día en Buenos Aires sintió una especie de atracción por el sitio, el templo de Dios sería su remanso. Miró hacia delante, luego inclinó la cabeza hacia abajo, se persignó y se sentó en el último banco. Fijó sus ojos en los ventanales de vitraux, las imágenes, recordaba así la voz de Domenico que le había enseñado que las iglesias cristianas y sus decoraciones exquisitas eran trabajos de masones, que quería decir “albañil” en francés, y que dicha hermandad guardaba secretísimos simbolismos. 

– ¡Ay! ¡Qué angustia tengo! ¡Cuántos momentos hermosos junto a mi amigo hay en mi memoria! Nuestra infancia juntos, la confianza que me ha dado, mi traición. ¡Cuánta sabiduría me ha mostrado y no lo supe valorar! ¿Qué es lo que se apoderó de mí? – En la intimidad de su ser, pidió fervientemente a Dios, a la Virgen y al Santo que por favor le allanen el camino. Luego de meditar en el silencio sepulcral de la nave, partió.

Caminó un poco más y creyó conveniente visitar a Domenico, su amigo estaría desconcertado ante su luenga ausencia. Llegó a la puerta de la pensión y un vecino le dijo que recién había salido. Promediaban las seis de la tarde, y decidió dar una vuelta más y luego volver a probar suerte. Caminó observando el paisaje, ya no le parecía tan burdo como en los días de su llegada, se había acostumbrado. Podía entender ahora a Domenico cuando hablaba de la magia de ese lugar. Miró hacia un costado, una paisana entrada en años, anciana, sentada en un silla desvencijada en la vereda, con su espalda encorvada tejía con ganchillo al crochet, no miraba la labor, los ojos los tenía puestos en Lorenzo, él, la miró fijo y la saludó con la mano, la situación le recordaba a su Italia natal. Continuó caminando, en otra esquina, varios paisanos reían y gritaban con exagerada algarabía, acompañados por un acordeón, improvisaban una escena muy alegre que le despertó melancolía, aplaudían, reían a carajadas, unos chiquitos simpáticos corretearon a su alrededor, parecía que todos montaban un acto para Lorenzo.

Llegó así a plaza Matheu y distinguió dos formas, una pareja, eran Domenico y Elisabetta. Primero atinó a huir, para no perder la costumbre, pero se quedó tieso. Caminó unos diez pasos hacia ellos y cuando estaba a punto de arrepentirse su amigó lo vio. 

– ¡Lorenzo, cómo estás! – exclamó con su alegría habitual Domenico.

– Bien, bien, buenas tardes – Lorenzo contesto tímidamente. No miró a Elisabetta a los ojos, simplemente le dedicó el ademán cohibido con el que solía saludarla.

– ¿Qué andas haciendo solo? ¿No hay ninguna ragazza? ¿Ah? Ja! Ja! Vaaaaa! –

– No, no hay –

– Vamos Lorenzo – dijo Elisabetta entre instigadora y provocativa – Vamos, cuéntanos Lorenzo, vamos – 

Domenico echó una mirada de asombro a su compañera, aunque siempre era atrevida, esta vez sonaba pérfida.

– Bueno, si hay, pero es, como se dice, eh…, no importa – Lorenzo utilizando el impedimento idiomático que lo aquejaba asiduamente evadió la respuesta.

Domenico quedó extrañado, Elisabetta trataba a Lorenzo con una confianza desmedida.

Lorenzo los saludó, se excusó con “el cansancio por la falta de descanso” y se fue a marcha rápida, casi corriendo.

– ¡Qué ridículo me comporté! ¡Por Favor! – pensó mientras se alejaba – ¿Qué me pasa? –

La pensó por un instante, se dio cuenta que la había recorrido con la mirada, sin querer, por supuesto, delante de su amigo. – ¡Qué hermosa es! ¡Por Dios! ¡Cómo la deseo! – Un torrente de imágenes, pensamientos y deseos lo asaltaban. – La amo – se dijo a sí mismo. En ese instante le fue imposible no hacer la odiosa comparación entre Emiliana y Elisabetta y caer en la cuenta de la realidad de sus verdaderos sentimientos: nunca amó a Emiliana y amaba profundamente a Elisabetta. Se preguntaba qué haría, cómo resolvería su “reyerta interna”. Tomó el colgante de Elisabetta, lo miró una y otra vez y luego, lo guardó. Pensó en Domenico, un buen amigo de toda la vida, agradable, buena persona. Ese hombre de mediana altura, desgarbado, de manos frágiles entregadas al arte, era el incuestionable opuesto de Lorenzo, pero era su amigo… ¿era su amigo? ¿Cómo le pediría perdón? ¡No! Estaba seguro que no haría falta, su amigo no sabría… nunca… del tormentoso engaño.

Se tiró de espaldas en la cama con sus manos detrás de la nuca y los ojos fijos en el cielo raso, cambió de imagen mental, aparecieron sus hijas, por primera vez en meses las pensaba con el remordimiento de un padre abandónico, se preguntaba qué era lo que estaba haciendo de su vida, había lastimado a cuanta persona lo rodeaba: a su padre, a su madre, a su esposa, a sus hijas, y ahora, a su único amigo. Había huido de Italia, escapando de los problemas que lo aquejaban y lo ahogaban, ahora en Argentina, tejía su presente con errores que lo llevarían a huir nuevamente. ¿Es que nunca enfrentaría nada? ¿Escaparía siempre?  Perdido en su avispero de culpas y entuertos de mentiras, en un momento, perdió la conciencia y se durmió…

POEMA XXVIII

Poema XXVIII

La Máscara

Cuántas veces en la vida

buscando y rebuscando

en el fondo de los recuerdos

los sucesos olvidados

cuantas veces sin advertirlo

nos sorprendemos descubriendo

que no somos lo que creemos

viciados de nosotros mismos

vivimos tras la máscara

crosta dura protectora

y en el día de la guerra

de los bandos de pasiones

se desatan las batallas

en los campos subconscientes

cuerpo a cuerpo la venganza

en contienda con el odio

luchan ambas, nadie gana

victorioso goza el rencor

y destruye la existencia

de esa pobre alma contrariada

que soy yo… somos todos …

en las noches en carne viva

refluye cual marea

todo aquello encarcelado

en el corazón herido

hace máscara el sufriente

con cerámica de angustia

y con agua de sus lágrimas

masa informe de congoja

se convierte en un suplicio

cuando la apoya en su rostro

cual careta de alegría

o tal vez de indiferencia

y en ese momento, ese día

en que todo se detuvo

el tiempo perdió sentido

porque  el golpe fue tan duro

que partió en mil pedazos

a la caduca mascarilla

y desnudó su corazón

su alma quedó en evidencia

y a pesar del dolor primero

prontamente sintió paz…

Kem Sophia